Cali, marzo 16 de 2026. Actualizado: lunes, marzo 16, 2026 22:05
Aprender a ganar y a perder
La vida está llena de triunfos y resultados adversos. Si un gran logro o una derrota en cualquier escenario de nuestra vida afecta nuestra tranquilidad de espíritu o deteriora nuestras relaciones con los cercanos, estamos frente a un problema: No sabemos ganar o perder.
Generalmente, tras un gran esfuerzo personal o del apoyo emocional que damos a terceros que apreciamos (un equipo de fútbol, un candidato político, un colega, un hijo…), es natural emocionarse o entristecerse con el resultado alcanzado.
Esas emociones, humanas, no deberían convertirse en una euforia desbordada ni en una zozobra que se prolongue más allá de lo razonable.
Quien gana y no sabe hacerlo se vuelve arrogante, se cree superior a los demás, no acepta sus fallos y crea bloqueos en la comunicación (“yo soy el mejor”, “mi candidato es imbatible”…).
A su vez, quien no sabe perder se vuelve irascible, culpa a los demás, tampoco acepta sus fallos, sufre en demasía y no asume una actitud proactiva para salir adelante (“soy lo peor”, ”es injusto”, “no vale la pena”…).
Somos, en palabras de Orlando Fals Borda, sujetos sentipensantes: pensamos sintiendo y sentimos pensando, y no podemos ser ajenos a la emoción de ganar o de perder algo propio (un trabajo, una beca, un ascenso, una relación ….) o de aferrarnos a algo que vivimos intensamente a través de otros (los partidos del equipo seguido, la ganancia o no en las urnas de nuestro candidato, la audición de un hijo y el veredicto de un concurso…).
Es grato poder reír y celebrar cuando uno mismo u otra persona o personas en las que uno confía plenamente alcanzan un gran triunfo, así como es normal llorar, sentirse mal y hasta cuestionarse por una supuesta mala suerte o incapacidad, en el caso opuesto, pero esos escenarios nunca deben volverse permanentes y, sobre todo, no pueden afectar la tranquilidad y las relaciones con los demás.
La incapacidad para enfrentar adecuadamente la sorpresa de ganar o perder y no superar las fuertes emociones a tiempo (las de lo muy bueno y las de lo muy malo), es una señal de inmadurez.
Quien ríe o llora como si eso fuera lo último y lo más importante en la vida, desconoce que la existencia es la suma de momentos y que cada una trae una experiencia y un sentimiento distinto.
Una persona madura es consciente que, como un sube y baja, la vida está llena de días grises y soleados, de triunfos y fracasos, de risas y llantos, de cercanías y de distancias, y que cada momento representa una oportunidad para aprender, crecer y fortalecerse.
Ganar debe generar orgullo y satisfacción, nunca soberbia ni prepotencia. Perder causa molestia y ansiedad, pero no frustración paralizante ni ira injustificada.
Reírse de uno mismo, reconocer los propios errores, y valorar los méritos ajenos nos permiten poner la vida en perspectiva, y aceptar que no siempre el arco iris sale solo para nosotros, y que tras tocar las estrellas con un triunfo hay que seguir trabajando para consolidarlo, y que caernos a lo más profundo duele, pero aviva la posibilidad de salir adelante.
Quien triunfa y tiene madurez no se burla de sus rivales, ni los ofende ni cae en conductas prepotentes, porque sabe que solo uno puede ganar y que para hacerlo la disciplina, el trabajo, la constancia y el estudio fueron condiciones de exigencia para lograrlo.
Que hoy gana y, tal vez, mañana no. Quien pierde con madurez sabe que pese a sus esfuerzos y deseos, cuando no se logra lo que se quiere es porque hay muchas explicaciones que, racionalmente hay que comprender: Otros se esforzaron más y ellas lo hicieron menos y las expectativas eran desmedidas o el resultado no dependía solo de la voluntad, entre otros aspectos.
Ojalá siempre triunfáramos en todo lo deseado, pero esa fortuna es excepcional. No se trata de resignarse, sino de actuar con prudencia, aprender de lo bueno y de lo malo, y analizar las causas y consecuencias, tomando acciones para mejorar los resultados, y, cuando sea necesario, ponerle buen humor a la dificultad.
Porque es en la desgracia donde, paradójicamente, más crecemos como personas.
