Cali, febrero 11 de 2026. Actualizado: miércoles, febrero 11, 2026 17:30

Adrián Zamora Columnista

China y el péndulo geopolítico: Entre el control y la innovación

Adrián Zamora

La conversación global dejó de moverse en terreno cómodo y empezó a internarse en una pregunta incómoda: ¿es la democracia liberal condición indispensable para liderar la innovación? Durante décadas se asumió que autoritarismo y creatividad eran incompatibles, casi como agua y aceite.

Sin embargo, el desempeño tecnológico y financiero de China sugiere que esa fórmula era, cuando menos, incompleta. Ahora ha emergido un “Estado Ingeniero” que innova sin liberalizar.

La politóloga Jennifer Lind lo describe como “autoritarismo inteligente, un sistema que dosifica libertades económicas mientras preserva, sin ambigüedades, el monopolio político.

Se permite que un emprendedor diseñe el próximo campeón industrial, pero se bloquea cualquier forma de acción colectiva que cuestione la hegemonía del Partido.

No se trata de maximizar el crecimiento a cualquier costo, sino de administrar el riesgo político con precisión quirúrgica.

Sin embargo, el tránsito ha sido gradual. Tras la represión visible en la Plaza Tiananmen en 1989, el control dejó de depender del garrote y se apoyó en sistemas más sofisticados: algoritmos, reconocimiento facial, monitoreo preventivo.

Mientras tanto, China ascendía en el Índice Global de Innovación y consolidaba ventajas en vehículos eléctricos, baterías avanzadas y telecomunicaciones.

No es un laissez-faire al estilo de Wall Street, sino un mercado conducido, con límites claros y objetivos estratégicos.

La señal más reciente de ello proviene de sus bolsas. En apenas un mes, la China Securities Regulatory Commission tramitó más de dos mil casos de operaciones irregulares después de que el índice de Shanghái alcanzara máximos de una década impulsado por apuestas apalancadas.

Multas, restricciones al margen y límites a operadores de alta frecuencia configuran lo que algunos denominan un “slow bull”: crecimiento sostenido, pero sin exuberancia descontrolada. Pues, la estabilidad financiera es concebida como asunto de seguridad nacional.

Detrás de esta arquitectura subyace una diferencia profunda en la formación de élites. Entre 2002 y 2007, la cúpula del Politburó estaba compuesta casi en su totalidad por ingenieros.

Es así como China concibe la sociedad como un sistema a optimizar. Estados Unidos, en contraste, ha evolucionado hacia una cultura jurídica donde los procedimientos y las formas pueden ralentizar la ejecución.

El resultado: ciclos industriales de dieciocho meses frente a los seis años de Detroit, y una brecha creciente en manufactura avanzada.

No se trata de idealizar ni de condenar, pues ambos modelos cargan riesgos estructurales. China puede caer en la soberbia técnica y en la ausencia de retroalimentación honesta; Estados Unidos, en la parálisis por litigio.

¿Puede un sistema con bajo pluralismo sostener la innovación en el largo plazo?, ¿puede una democracia saturada de trámites recuperar su capacidad de construir? ¿y qué equilibrio entre libertad y ejecución marcará el rumbo de la próxima década?

El éxito del modelo chino se ha convertido en un imán para naciones que aspiran al desarrollo sin apertura política, lo que nos obliga a preguntarnos si la gobernanza del futuro será más técnica y menos liberal.

Pero la disputa de fondo no se resolverá en quién construye el puente más largo o diseña el algoritmo más veloz, sino en qué sistema logra ofrecer lo que los ciudadanos sueñan: una vida más segura y plena.

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