Cali, noviembre 3 de 2026. Actualizado: martes, noviembre 3, 2026 21:26

Ana Janneth Ibarra Q.

El costo invisible de hacer empresa

Ana Janneth Ibarra Q.

Durante años ejercí como abogada litigante, y ahí aprendí algo que no se enseña en ninguna facultad de derecho, quien vive sin salario fijo, sin nada garantizado, sin una nómina que lo respalde cada quincena, entiende el mundo de otra manera.

El litigante que se lanza a la aventura de un caso sin certeza de resultado, que enfrenta el comportamiento impredecible de la gente, que vive de lo que gane su propio esfuerzo, desarrolla una lectura distinta de la vida.

Siempre pensé que eso me hacía, de algún modo, una abogada superior.

Con los años entendí que esa misma competencia la de moverse sin red, sin nada asegurado la tienen, exactamente igual, los empresarios y los emprendedores.

La incertidumbre no es solo del litigio, es la materia prima con la que trabaja quien decide crear empresa.

La pobreza y el emprendimiento son dos experiencias que solo se entienden viviéndolas.

Se puede opinar sobre ambas sin haberlas vivido, pero el juicio cambia radicalmente cuando se conocen desde adentro.

De ahí nace, creo yo, buena parte del prejuicio social que convierte al empresario en “el malo de la película”, juzgamos sin entender que cumple un rol fundamental, y que ese rol tiene un costo personal que rara vez se ve.

Uno de los prejuicios más arraigados es asociar automáticamente al empresario con el rico, con el millonario.

La realidad colombiana dice otra cosa.

El 98% de las empresas que se crean en el país son micro, pequeñas y medianas, y de cada diez que nacen, siete mueren antes de cumplir cinco años de vida.

Según Confecámaras, la tasa de supervivencia empresarial a cinco años es de apenas 33,5%.

Estas cifras cuentan una historia que casi nunca se dice, hay personas que tardan años, a veces décadas, en lograr que su negocio arroje un saldo a favor sostenible.

Generar empleo no es un efecto automático de “tener empresa”; es un riesgo que se asume cada mes, con nómina que pagar exista o no la venta que la sostenga.

Y cada día más personas se lo piensan dos veces antes de asumir ese riesgo.

Frente al terremoto presentado el 10 de agosto de este año, la respuesta del sector privado no se hizo esperar.

Los aportes empresariales para atender la emergencia y financiar la reconstrucción superaron los dos billones de pesos, cerca del 7% de los 30 billones de pesos que costará reconstruir las zonas afectadas.

El sector privado y el gobierno pactaron incluso una reducción de tasas de interés para créditos de vivienda, como parte del llamado Plan Milagro de Reconstrucción.

Este es, para mí, el argumento más contundente, sin ese capital privado movilizado en cuestión de días, la reconstrucción habría dependido únicamente de un Estado ya golpeado fiscalmente.

Después de este sismo nos dimos cuenta de que, sin empresa, realmente, no es posible avanzar.

Liderar una empresa en crisis exige tolerancia a la incertidumbre, toma de decisiones bajo presión, gestión del miedo ajeno y la capacidad de sostener compromisos financieros cuando el entorno se derrumba.

Es una competencia emocional y técnica a la vez, comparable a la que exige litigar, no hay salario garantizado, no hay certeza y la responsabilidad por otro pesa todo el tiempo.

El empresario que reconstruye no solo pone capital, pone su capacidad de resistir el estrés estructural de sostener algo que emplea personas.

Cada vez más las empresas han entendido lo que significa humanizar sus servicios, llegar a ciudades donde antes no estaban, impactar a una población, pensar más en las personas que en la transacción.

En este caso, el aporte no fue solo dinero, fue acompañamiento real.

Así como al abogado litigante se le reconoce la capacidad de vivir sin red de seguridad, al empresario debería reconocérsele lo mismo cuando sostiene su empresa en medio del desastre, cuando tarda años en ver un saldo a favor, cuando asume el riesgo de emplear a otros sabiendo que siete de cada diez negocios no llegan a los cinco años.

Emprender, para mí, significa ser realmente alguien extraordinario. No todos eligen la inestabilidad. Quienes lo hacen, sostienen a los demás.


El costo invisible de hacer empresa

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