El Estrecho de Ormuz: El cuello de botella donde se asfixia la diplomacia

Cali, abril 20 de 2026. Actualizado: lunes, abril 20, 2026 21:35

Adrián Zamora Columnista

El Estrecho de Ormuz: El cuello de botella donde se asfixia la diplomacia

Adrián Zamora

Estados Unidos ha tendido un cerco naval sobre el Estrecho de Ormuz, esa yugular por la que respira casi la quinta parte del petróleo mundial.

Es el primer bloqueo de esta naturaleza que Washington impone desde la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962.

La orden llega apenas un día después de que implosionaran las negociaciones en Islamabad, poniendo fin a 21 horas de un diálogo que representó el contacto de más alto nivel entre ambas potencias desde la Revolución de 1979. “Disfruten los precios actuales en el surtidor… Pronto van a extrañar la gasolina a 4 o 5 dólares”, sentenció el portavoz del parlamento iraní.

Así es que cuando la diplomacia pierde tracción, el control de la infraestructura crítica se convierte en una herramienta de poder.

Aunque se diga que la magnitud del fracaso de las negociaciones es proporcional a la cantidad de uranio enriquecido, en realidad el núcleo del problema es la ausencia de credibilidad institucional.

Irán ya hizo concesiones sustantivas en 2015 y comprobó que su cumplimiento no garantizaba estabilidad política ni beneficios sostenidos.

Por lo que cuando un acuerdo depende del ciclo electoral de una potencia, cualquier acuerdo deja de ser un pacto y pasa a convertirse en una apuesta.

Y en ese contexto, renunciar al enriquecimiento de uranio no sería una decisión estratégica, sino una renuncia que ningún gobierno iraní puede sostener internamente.

El bloqueo al bloqueo iraní aparece, entonces, como una herramienta de presión asimétrica cuyo diseño busca restringir las exportaciones de los ayatolás sin interrumpir completamente el flujo energético global, aunque sus límites son evidentes porque interceptar cargamentos vinculados a China o Rusia abre una zona gris que bordea el conflicto entre potencias nucleares.

A esto se suma la falta de respaldo pleno hacia Estados Unidos por parte de aliados europeos y la ambigüedad jurídica sobre su legalidad, de modo que la válvula se cierra parcialmente, pero el sistema completo comienza a resentir la presión.

En el plano económico el mapa de impactos es desigual, pues Irán enfrenta una posible asfixia financiera, mientras China sufre una disrupción en su seguridad energética y los mercados globales padecen una volatilidad que no responde solo a la oferta real, sino también a la percepción de riesgo.

Y América Latina no es ajena a este (des)orden internacional, ya que el encarecimiento energético se traducirá en presiones inflacionarias y costos logísticos que afectarán toda la cadena, a pesar de la distancia geográfica.

Los escenarios hacia adelante son disímiles. Puede emerger una negociación bajo presión, una escalada controlada o incluso un punto de ruptura que derive en confrontación abierta.

Allí, el riesgo no sería solo el tamaño de la acción, sino sus interpretaciones: Irán podría subestimar la tolerancia de Estados Unidos, mientras Washington podría subestimar la capacidad de resistir golpes de Teherán.

Las preguntas que quedan son bastante incómodas: ¿Qué tipo de orden internacional permite que un nodo crítico sea intervenido sin consenso amplio?, ¿hasta qué punto la coerción sustituirá a la arquitectura institucional?, ¿y qué margen tienen los países fuera de ese eje para proteger sus propios intereses?

Este conflicto nos demuestra que el estrecho no es solo geografía. Si la válvula se sigue convirtiendo en instrumento recurrente de presión, la estabilidad del sistema tal y como la conocemos será cuestión del pasado.

La salida no estará, entonces, en cerrar con más fuerza, sino en rediseñar la ingeniería que evite que todo el flujo dependa de una sola decisión.

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lunes 13 de abril, 2026
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