Cali, marzo 17 de 2026. Actualizado: martes, marzo 17, 2026 21:58
El trueno del idioma
No comulgo con la grosería y confieso que la ordinariez de ciertos individuos al expresarse me incomoda.
Esto se debe a que uno de mis primeros recuerdos es haber recibido un bofetón cuando me atreví a repetir una grosería.
Paradójicamente, suelo también encontrarme a mí mismo riendo cuando contemplo en redes sociales cómo un achacoso personaje suelta una sarta de improperios cuando es molestado.
Y lo curioso es evidenciar el éxito de ese tipo de videos. Los groseros se han vuelto virales simplemente por decir en voz alta lo que, en teoría, nadie debería decir.
¿Por qué nos produce tanta gracia escuchar groserías? Tal vez las groserías cumplen una función psicológica más profunda de lo que creemos. Cuando nos golpeamos el dedo meñique del pie no exclamamos una frase elegante.
Lo que nos sale de nuestras entrañas es una grosería como una descarga. Un pequeño estallido verbal que libera tensión y dolor, como si fuese un trueno del idioma.
Nuestro lenguaje cotidiano suele ser civilizado, ordenado, disciplinado. Pero, de vez en cuando, una emoción intensa rompe el orden y entonces aparece la grosería: breve, contundente, transgresora y explosiva.
Como un relámpago que atraviesa el cielo de la conversación. Por eso las groserías tienen una fuerza que otras palabras jamás poseerán y producen, por la misma razón, una catarsis en quienes las pronuncian e incluso en quienes las escuchan, convirtiéndose en válvulas de escape del idioma.
Las groserías ocupan el escalón más bajo del idioma; pero también el más honesto, porque cuando la paciencia se agota o cuando la frustración desborda, el lenguaje cotidiano no opera.
Y en su lugar aparece ese trueno breve, imperfecto y liberador que todos conocemos.
