Cali, julio 30 de 2026. Actualizado: jueves, julio 30, 2026 21:42
El verdadero enemigo
Se ha vuelto costumbre en nuestra sociedad identificar a personas, situaciones o ideas de forma antagónica, calificándolas como buenas o malas según nuestra ideología política, nuestras creencias religiosas o, simplemente, nuestras simpatías basadas en emociones.
Es común que las familias entren en conflicto por opiniones o posiciones distintas; también ocurre entre amigos, vecinos, compañeros de trabajo o incluso entre personas que apenas coinciden en un mismo espacio.
De ahí que en muchas reuniones se haya vuelto habitual escuchar: “Aquí no se habla de fútbol, de política o de religión”.
Lejos de solucionar el problema, esta actitud nos divide. Preferimos no escuchar y no ser escuchados, perdiendo la riqueza de compartir y enriquecer nuestras ideas.
Somos un país con una lamentable historia de discordia. Sin embargo, recuerdo que hace algunos años, quienes nacimos en la década de los ochenta vivíamos en un ambiente un poco más abierto al diálogo y al intercambio de ideas.
¿En qué momento perdimos eso?
¿En qué momento comenzamos a creer que quien piensa diferente se convirtió en nuestro enemigo? Parecía que avanzábamos como sociedad hacia el respeto del otro, hacia la posibilidad de que cada persona pudiera ser y vivir como se sintiera plena.
Pero, desde hace algún tiempo, pareciera que caminamos en sentido contrario.
No podemos negar que Cali es una ciudad hermosa y acogedora, pero también profundamente violenta.
Y no solo por los hurtos o los homicidios. Lo es porque muchas veces resulta ruidosa, desordenada y poco inclusiva con los adultos mayores, las personas con discapacidad, los niños en condición de vulnerabilidad y una larga lista de ciudadanos que permanecen invisibilizados.
Nuestra ciudad se ha construido, nos guste o no, desde la multiculturalidad.
Lejos de ser una debilidad, esa es precisamente una de sus mayores fortalezas.
La diversidad de pensamientos, culturas y formas de comprender la vida debería ser motivo de encuentro y no de enfrentamiento.
Una sociedad no se destruye cuando las personas piensan diferente; se rompe cuando dejamos de respetar al otro en su diferencia, cuando negamos su dignidad y lo etiquetamos para desconocer su humanidad.
Antes de ser hinchas de un equipo, militantes de un partido, seguidores de un caudillo o simpatizantes de una idea, usted, yo y todos los demás somos seres humanos, con una historia, con heridas, con dudas y, muchas veces, con más preguntas que certezas.
Si algo nos enseñó Jesús fue la compasión por quien sufre, la misión de sanar, resucitar la esperanza, anunciar el bien y servir.
Hoy, más que nunca, estamos llamados a hacer ese milagro cotidiano: visibilizar, garantizar, proteger y promover la dignidad de cada ser humano, no para que sea como yo, sino para que pueda ser plenamente.
Si abrimos el corazón al respeto y a la dignidad, podríamos construir puentes sobre los grandes abismos que existen en nuestra sociedad.
Tal vez descubramos que las diferencias no son el problema; el problema es la incapacidad de convivir con ellas.
Entonces, el verdadero enemigo no es quien piensa distinto. El verdadero enemigo es la indiferencia que nos impide escuchar, el prejuicio que nos hace etiquetar y la soberbia que nos convence de que solo nosotros tenemos la razón.
Porque el problema no es que hayamos perdido la capacidad de hablar; esa, incluso, la hemos fortalecido.
El problema es que hemos perdido la capacidad de escuchar.
