Juan Daniel Oviedo… y Jürgen Habermas

Cali, marzo 19 de 2026. Actualizado: jueves, marzo 19, 2026 20:45

Juan Pablo Ortega Sterling

Juan Daniel Oviedo… y Jürgen Habermas

Juan Pablo Ortega Sterling

A veces la política y las ideas se cruzan de formas inesperadas. Mientras el mundo intelectual despedía a Jürgen Habermas, uno de los últimos grandes filósofos de la tradición ilustrada, Colombia descubría casi con sorpresa a un nuevo fenómeno político: Juan Daniel Oviedo.

No es una comparación evidente. Habermas dedicó su vida a pensar las condiciones normativas de la democracia moderna; Oviedo es un economista que llegó a la política desde el mundo técnico.

Sin embargo, hay momentos en que las ideas sobreviven precisamente en lugares inesperados.

Durante décadas, Habermas defendió una idea exigente de la democracia: el poder solo es legítimo cuando puede justificarse racionalmente ante los ciudadanos.

No basta con ganar elecciones. La autoridad política debe poder justificarse en una deliberación pública donde los argumentos, y no los gritos ni las identidades, tengan la última palabra.

A eso lo llamó acción comunicativa: una forma de interacción en la que los ciudadanos buscan persuadirse mediante razones.

La política contemporánea parece haber tomado el camino contrario. La visibilidad desplaza a la evidencia y la emoción sustituye a la explicación.

Colombia no ha sido la excepción. El adversario deja de ser alguien con quien debatir para convertirse en alguien que debe ser derrotado.

En ese contexto aparece Juan Daniel Oviedo.

Su irrupción política tiene algo inusual. No es la de un caudillo ni la de un agitador. Es, más bien, la de un tecnócrata.

Un economista formado en la academia, acostumbrado a discutir con datos antes que con consignas. Un político que insiste en cifras en un ecosistema que premia adjetivos.

Pero el fenómeno Oviedo no se explica únicamente por su perfil técnico. También desafía varios de los códigos culturales que organizan nuestra política.

Rompe estereotipos en su forma de hablar, en su estilo personal y también en su orientación sexual.

Y sin embargo terminó convirtiéndose en fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, una de las figuras más visibles del uribismo.
En la lógica tribal de la política contemporánea, esa combinación debería ser imposible. Pero precisamente ahí aparece algo interesante desde la perspectiva de Habermas.

La democracia deliberativa supone que los ciudadanos pueden encontrarse en el espacio público no solo como identidades políticas cerradas, sino como interlocutores capaces de revisar posiciones y construir acuerdos.

La trayectoria de Oviedo parece desafiar ese mapa rígido de la política colombiana. No encaja del todo en las categorías culturales de la derecha ni en las expectativas ideológicas de la izquierda.

Y quizá por eso conecta con un electorado que también se siente por fuera de esas fronteras.

Tal vez por eso su ascenso resulta llamativo. Eso no garantiza que tenga razón. Pero reintroduce algo que la política colombiana ha ido perdiendo: la obligación de argumentar.

Esa posibilidad, sin embargo, también plantea una incomodidad que no conviene eludir. La evidencia, por sí sola, no construye mayorías ni resuelve los conflictos de valores que atraviesan cualquier sociedad.

Gobernar no es simplemente tener mejores argumentos, sino decidir entre intereses legítimos que muchas veces no pueden conciliarse.

Ahí es donde la aspiración de una política más racional enfrenta su límite: el riesgo de confundir la solidez técnica con la suficiencia política.

Incluso las mejores decisiones, si no logran ser comprendidas o tramitadas en el conflicto democrático, terminan debilitando aquello que buscan ordenar.

Aristóteles tenía una intuición incómoda para las democracias modernas. El buen gobierno no consiste simplemente en que cualquiera pueda gobernar, sino en que gobiernen los mejores.

No los moralmente superiores ni los más carismáticos, sino aquellos que han desarrollado la capacidad de comprender la complejidad del poder.

Hoy esa idea suele descartarse como elitista. Pero el Estado moderno la vuelve inevitable.

Gobernar implica tomar decisiones en sistemas interdependientes donde cada política pública tiene costos, efectos secundarios y límites institucionales.

Colombia enfrenta demasiadas crisis como para ignorarlo.

En ese contexto, el fenómeno Oviedo resulta interesante no tanto por lo que promete, sino por lo que simboliza.

Representa la posibilidad de que la política vuelva a valorar algo que debería ser elemental: la idoneidad de quienes ejercen el poder.

Habermas sabía que la democracia necesita deliberación racional. Pero también sabía que esa deliberación ocurre dentro de instituciones atravesadas por la competencia electoral.

En Colombia hemos visto demasiadas veces esa tensión mal resuelta: políticos que saben ganar elecciones, pero no saben qué hacer con el poder; y otros que saben exactamente qué debería hacerse, pero nunca encuentran el camino para construir una mayoría.

La política exige ambas cosas.

Quizá ahí reside la singularidad del fenómeno Oviedo. Ha entendido que la racionalidad pública no se defiende desde la pureza sino desde el poder.

Que a veces la moderación no consiste en mantenerse equidistante, sino en entrar a la disputa para moderarla desde dentro.

Porque en democracia no basta con tener razón. También hay que ganar para que esas razones puedan gobernar.

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