Cali, julio 23 de 2026. Actualizado: jueves, julio 23, 2026 15:40
Un memorándum, dos interpretaciones: El acuerdo que naufragó en Hormuz
“Creo que se terminó”… Esas cuatro palabras de Donald Trump bastaron para sepultar el memorándum que Estados Unidos e Irán habían firmado en Suiza. Tan pronto lo dijo, se reanudaron los bombardeos y el Estrecho de Hormuz volvió a cerrarse. El excanciller iraní Mohammad Javad Zarif explicó esta semana en Foreign Affairs por qué fracasó aquel intento de paz. Su argumento revela que el acuerdo no naufragó después de la firma; en realidad, era un barco que había zarpado con una grieta en su casco.
El texto establecía que Irán facilitaría durante 60 días el paso seguro de embarcaciones comerciales y que posteriormente negociaría con Omán y otros países costeros la administración del estrecho. Teherán entendió que se trataba de una medida temporal, condicionada a la construcción de un régimen regional, pero Washington interpretó que Irán había aceptado restablecer la libre navegación sin condiciones. Ambos firmaron las mismas palabras, aunque cada uno entendió un acuerdo diferente.
La ambigüedad suele ser útil para acercar posiciones durante una negociación, pero se vuelve peligrosa cuando reemplaza las decisiones que las partes todavía no están dispuestas a tomar. El memorándum carecía de mecanismos de verificación, arbitraje o resolución de controversias y el problema se agudizó porque Washington buscaba una victoria política rápida, mientras Teherán quería preservar su autoridad sobre Hormuz. El papel cubrió momentáneamente esa distancia, pero sin construir la arquitectura necesaria para atravesarla.
Bajo la lectura de Zarif, Occidente cree que Irán cierra Hormuz para presionar los precios energéticos. Desde la perspectiva iraní, el estrecho ya no es solo una palanca económica porque por allí también transitaron componentes militares, de inteligencia y apoyo logístico utilizados contra su territorio. Por lo que si las sanciones excluyen a Irán del comercio y la navegación, para Irán implicaría abrirle la puerta a ataques en su contra. No se trata de una decisión neutral.
Sin embargo, esa lógica tiene límites. Un cierre prolongado puede unir a países hoy divididos contra Irán y acelerar la construcción de oleoductos, puertos y corredores terrestres alternativos para que el petróleo siga fluyendo a pesar de los bloqueos. De ahí que Hormuz funcione como una carta estratégica mientras el mundo dependa de ella. Pero cada interrupción incentiva a los mercados a reducir esa dependencia y, con ello, erosiona lentamente el poder que Teherán busca preservar.
¿Puede construirse paz cuando cada parte interpreta de manera distinta aquello que acaba de firmar?, ¿es viable una seguridad regional sostenida por potencias externas cuyos intereses cambian con cada administración?, ¿y puede Irán formar parte de esa arquitectura sin revisar también las acciones que alimentaron décadas de desconfianza?
Zarif propone diálogo regional, acuerdos de no agresión, verificación nuclear compartida e integración económica como soluciones integrales. Su programa puede parecer utópico, pero parte de una constatación difícil de ignorar: Irán seguirá siendo una pieza permanente del paisaje regional, gústele o no a la potencia occidental que sea. Por eso, la paz exige reparar las grietas antes de poner nuevamente el barco a navegar; de lo contrario, cada tregua apenas establecerá la fecha aproximada del próximo naufragio.
