Cali, octubre 9 de 2026. Actualizado: viernes, octubre 9, 2026 16:04
Una empresa también puede resultar afectada cuando quienes dependen de ella pierden todo
Su fábrica quedó en pie, pero sus clientes estaban entre los escombros
Camilo Albán todavía se sorprende cuando recuerda que su fábrica, ubicada en uno de los sectores más cercanos al epicentro del terremoto, prácticamente no sufrió daños.
Mientras en El Cairo, Valle del Cauca, las imágenes de destrucción mostraban la magnitud de la tragedia, en el corregimiento de Albán, a unos diez kilómetros de la cabecera municipal, las instalaciones de Lordplast permanecieron en pie.
No hubo trabajadores heridos, las máquinas no resultaron averiadas y las afectaciones se limitaron a reorganizar algunos elementos que se habían movido durante el sismo.
Parecía una fortuna extraordinaria, especialmente cuando comenzaron a llegar las noticias de lo ocurrido en los municipios vecinos.
Pero esa tranquilidad duró poco. Camilo empezó a enterarse de que varios de sus trabajadores tenían problemas en sus viviendas y de que algunos clientes, especialmente en Pereira, habían perdido buena parte de sus negocios.
Entonces comprendió que el terremoto también había entrado a su empresa, aunque no hubiera derribado una sola pared.
Lordplast es una fábrica relativamente joven.
Nació hace aproximadamente dos años y se dedica a elaborar impermeables y capas plásticas a partir de materiales recuperados mediante procesos de reciclaje.
Sus productos llegan a diferentes regiones del país, particularmente al Huila, donde son utilizados por recolectores de café, y también al mercado de motociclistas, que constituye una parte importante de su actividad comercial.
Detrás de cada impermeable hay un proceso de fabricación que requiere mano de obra, maquinaria, materias primas y una cadena de distribución.
Camilo había logrado construir una empresa con clientes en distintas ciudades y una demanda que, aunque depende en parte de las temporadas de lluvia, le permitía mantener activa la producción.
El terremoto cambió esa dinámica sin necesidad de destruir la fábrica.
Las ventas comenzaron a resentirse porque algunos compradores habían perdido sus establecimientos, otros enfrentaban dificultades económicas y varios simplemente tenían preocupaciones mucho más urgentes que abastecer sus negocios.
Al mismo tiempo, las afectaciones en la región interrumpieron servicios esenciales y Lordplast permaneció varios días sin electricidad.
Pero Camilo recuerda especialmente lo que ocurrió con sus trabajadores.
Algunos necesitaban tiempo para atender los daños de sus viviendas, organizar sus pertenencias o resolver la situación de sus familias.
La empresa decidió permitirles ausentarse durante varios días y, en determinados casos, hasta dos semanas, sin suspenderles el pago.
Era una decisión que también representaba un esfuerzo económico para un negocio de apenas dos años, pero Camilo entendía que no podía exigir normalidad a personas cuya vida cotidiana había quedado alterada.
Mientras la fábrica intentaba recuperar su ritmo, las familias necesitaban recuperar algo mucho más elemental: un lugar donde continuar viviendo.
Una mirada con el corazón

La emergencia también lo llevó a mirar sus propios productos de una manera distinta.
Acostumbrado a fabricar impermeables para quienes trabajan bajo la lluvia o se movilizan en motocicleta, comenzó a ver en las redes sociales imágenes de personas que permanecían en albergues improvisados, expuestas a las condiciones del clima.
Había niños y adultos que necesitaban protegerse de la lluvia.
Entonces organizó una jornada de ayuda en Pereira. Desde Lordplast llevaron capas plásticas y las entregaron a personas afectadas por el terremoto.
No fue una campaña de grandes dimensiones ni una operación que pretendiera resolver todas las necesidades, sino una manera de contribuir con aquello que la empresa sabía fabricar.
En medio de la emergencia, un producto destinado habitualmente al comercio se convirtió en una forma concreta de protección.
Sin embargo, la decisión que terminaría modificando la relación de Lordplast con sus clientes surgió cuando Camilo comenzó a visitarlos y conoció de cerca sus dificultades.
Algunos comerciantes habían perdido mercancías, locales y recursos.
Otros estaban intentando recuperar lo poco que podían rescatar.
Había quienes contaban con algún respaldo para comenzar nuevamente, pero también personas que habían quedado sin capital para comprar productos y reabrir sus negocios.
Camilo comprendió que no bastaba con esperar a que volvieran a hacer pedidos.
Si sus clientes no conseguían levantarse, la fábrica también tendría dificultades para recuperar sus ventas.
Por eso decidió ofrecerles alternativas de crédito y condiciones de pago que les permitieran volver a abastecerse sin tener que disponer inmediatamente de todo el dinero.
Era una apuesta que implicaba asumir riesgos para que otros pudieran regresar al mercado.
“Hay unos que sí lo perdieron todo. Puede que haya gente que lo haya perdido todo, pero tiene cómo volver a empezar. Hay otros que lo perdieron todo, pero les queda muy difícil volver a empezar”, explica.
La estrategia no consistía únicamente en conservar compradores. Camilo quería mantener el vínculo con personas que habían construido una relación comercial con su empresa y que ahora necesitaban condiciones diferentes para continuar trabajando.
En esa decisión encontró una manera de reinventarse: entender que, después de una tragedia, vender no siempre puede hacerse bajo las mismas reglas.
También comenzó a revisar una debilidad que el terremoto había dejado al descubierto.
Aunque la infraestructura de Lordplast resistió, la interrupción del suministro eléctrico frenó sus procesos durante varios días.
Para una fábrica que depende de maquinaria y equipos, quedarse sin energía significa perder capacidad de producción, incumplir tiempos y afectar sus ingresos.
Por eso empezó a explorar la instalación de paneles solares que le permitan contar con mayor autonomía energética y reducir el riesgo de una nueva paralización ante futuras emergencias.
“Tenemos perrenque”
Pero cuando se le pregunta cuál fue la enseñanza más importante del terremoto, Camilo no habla de electricidad, créditos ni estrategias empresariales. Habla de sus clientes.
Recuerda especialmente a comerciantes que tuvo que ver sacando sus pertenencias de entre los escombros y que, semanas después, lo recibían nuevamente con el mismo entusiasmo de siempre.
“Hola, Camilo, hágame un favor, tráigame este pedido. Colabóreme con esto”. La naturalidad de aquellas palabras lo conmovió. Eran personas que habían perdido mercancías y espacios de trabajo, que todavía enfrentaban dificultades, pero que estaban intentando recuperar su actividad económica sin esperar a que todas las condiciones fueran perfectas.
Para Camilo, esas visitas cambiaron su manera de entender el negocio.
Hasta entonces, un cliente podía ser principalmente alguien que compraba impermeables y generaba ingresos para la fábrica.
Después del terremoto, detrás de cada pedido comenzó a reconocer con mayor claridad a una persona que también estaba intentando reconstruir su vida.
“Yo tengo clientes que me tocó verlos sacar las cositas de entre los escombros, de entre la basura, y al sol de hoy estar trabajando con la misma alegría, recibiéndolo a uno con el mismo entusiasmo”.
Esa experiencia le confirmó algo que resume con una expresión profundamente colombiana: “Tenemos mucho perrenque y mucha solidaridad, definitivamente”.
Hoy Lordplast continúa produciendo impermeables y capas plásticas desde el corregimiento de Albán.
Camilo sigue trabajando para recuperar las ventas, fortalecer las relaciones comerciales y avanzar hacia una fábrica con mayor autonomía.
Sabe que tuvo una suerte que muchos otros empresarios no tuvieron: sus instalaciones resistieron y sus trabajadores salieron ilesos.
Pero también sabe que la recuperación económica de una región no puede medirse solamente contando cuántas fábricas permanecieron en pie.
Hay negocios que conservaron sus máquinas, pero perdieron compradores. Hay comerciantes que recuperaron sus locales, pero no tienen dinero para surtirlos.
Y hay trabajadores que regresaron a sus puestos mientras todavía intentan resolver los daños de sus casas.
Camilo ha descubierto que la continuidad de su empresa está estrechamente ligada a la posibilidad de que todos ellos también puedan seguir.
Por eso, entre las imágenes que le dejó el terremoto, no es la de su fábrica intacta la que más recuerda.
Es la de aquellos comerciantes recogiendo sus cosas entre los escombros y volviendo, poco después, a pedir mercancía.
Porque su fábrica logró resistir el terremoto, pero fueron sus clientes quienes le enseñaron lo que significa volver a empezar.

