Velas de la Fe en Cali: la fábrica que paró para ayudar

Cali, septiembre 8 de 2026. Actualizado: martes, septiembre 8, 2026 21:30

Convirtió su negocio en centro de acopio y su empresa empezó a necesitar ayuda

Durante 14 días se olvidó de su empresa, sólo pensó en ayudar

Durante 14 días se olvidó de su empresa, sólo pensó en ayudar
Foto: Diario Occidente
martes 8 de septiembre, 2026

Durante catorce días, Humberto Ramos no hizo velas. No fue una decisión empresarial. Ni siquiera fue una decisión consciente. Simplemente ocurrió.

El terremoto había dejado tantas necesidades frente a sus ojos que durante dos semanas se olvidó de producir, de revisar la caja y hasta de preguntarse cuánto tiempo podía resistir su negocio detenido.

Hasta que un día reaccionó. “Bueno, hay que producir”. Había facturas esperando, compromisos, gastos, una empresa pequeña que no podía darse el lujo de permanecer cerrada indefinidamente.

Entonces Beto —como todos lo llaman— comprendió algo que hasta ese momento no había tenido tiempo de pensar: mientras intentaba ayudar a otros a levantarse, su propio negocio comenzaba a quedarse sin aire.

Todo había empezado el 10 de agosto. Después del terremoto, Humberto y su esposa almorzaron en casa de su mamá, todavía intentaban entender la dimensión de lo ocurrido y decidieron salir en moto a recorrer algunos sectores de Cali.

No tuvieron que avanzar demasiado para encontrar una respuesta.

Pasaron frente a un edificio cercano a la galería La Alameda y vieron una montaña de escombros.

Había personas moviéndolos, buscando, tratando de hacer algo en medio de lo que acababa de ocurrir. La imagen cambió los planes del día.

Regresaron a casa, se pusieron ropa con la que pudieran trabajar y decidieron salir a ayudar.

Cuando Humberto revisó su celular encontró además mensajes de sus amigos de Tequendama, el barrio al que lo unen recuerdos importantes de su infancia.

Un edificio cercano a la tienda de uno de ellos se había desplomado. Se fueron para allá.

Ese día estuvieron hasta las diez de la noche moviendo escombros, intentando ayudar a sacar cuerpos.

A la mañana siguiente Beto detectó otra necesidad. Había hidratación, pero faltaba comida.

La gente comenzó a preguntarle cómo podía ayudar y él pensó en contactar restaurantes.

La idea era sencilla: conseguir algunos almuerzos para quienes seguían trabajando en las zonas afectadas. Consiguieron 141.

Pero la solidaridad empezó a crecer más rápido de lo que habían imaginado.

Al poco tiempo comprobaron que ya estaba llegando suficiente comida preparada y entendieron que debían pensar más allá de ese día.

“Esta conflagración no es de hoy ni es de mañana, esto va para mediano plazo”. Entonces cambiaron los almuerzos por productos no perecederos.

Y algo inesperado ocurrió: Velas de la Fe, la empresa de Humberto, dejó de parecer una fábrica de velas. Se convirtió en un centro de acopio.

La gente llegaba con mercados, ropa, colchonetas, almohadas, elementos de protección.

Otros entregaban dinero. Muchos simplemente confiaban en Humberto y su esposa para que hicieran llegar las ayudas a quienes realmente las necesitaban.

El local era pequeño, pero llegaron a almacenar allí alrededor de 300 remesas.

Hicieron un primer viaje con tres toneladas y media de ayudas hacia municipios del norte del Valle.

Entregaron decenas de colchonetas, más de cien almohadas, colchonetas inflables y cerca de cien kilos de ropa.

Después fueron más lejos: visitaron veredas de difícil acceso y comenzaron a llevar cemento, varillas y tejas de zinc a algunas viviendas afectadas.

Beto iba y venía. Recibía, organizaba, cargaba, entregaba, contestaba mensajes, buscaba transporte, coordinaba personas.

Y en medio de ese movimiento ocurrió algo curioso: nadie estaba fabricando las velas. Pasó un día, después otro y otro, hasta completar catorce.

“Lo estábamos haciendo sin medidas, sin medir nada, simplemente con toda la energía y el corazón de querer ayudar”. La frase explica también el problema, porque la solidaridad no había detenido las obligaciones de la empresa.

Algunos clientes compraban lo que todavía quedaba en las vitrinas, pero no había producción. El lugar destinado al negocio estaba ocupado por mercados y ayudas.

Humberto estaba pendiente de las familias damnificadas mientras la caja de Velas de la Fe comenzaba silenciosamente a resentir su ausencia.

Durante 14 días se olvidó de su empresa, sólo pensó en ayudar

El día 14, espabiló. No porque la emergencia hubiera terminado.

Tampoco porque las familias dejaran de necesitar ayuda sino porque también había que pagar.

“Ya es el momento de empezar a producir porque ya hay que pagar esto, hay que pagar lo otro, hay que pagar lo otro”.

Cuando le preguntan si su situación económica era suficientemente cómoda como para detener la empresa durante dos semanas, Humberto responde sin rodeos: “No”. Por eso reaccionaron.

Retomaron la elaboración de velas mientras todavía quedaban ayudas en el local y viajes pendientes. Volver a trabajar no borró las consecuencias de esos catorce días.

“De todas maneras queda el roto”, reconoce. Y entonces ocurrió algo que Humberto tampoco esperaba.

Algunas de las personas que habían visto lo que él y su esposa estaban haciendo comprendieron que quienes ayudaban también estaban asumiendo un costo.

Un amigo que vive en Estados Unidos lo llamó para preguntarle cómo iba la causa.

Humberto le contó lo que habían hecho y el hombre pidió un número de cuenta para enviar dinero.

Beto pensó que era otra donación. Incluso le preguntó si necesitaba factura para justificar en qué se gastaría.

La respuesta lo sorprendió: “Eso no es para las ayudas.

Eso es para ustedes”. El amigo sabía que habían detenido la operación y quería contribuir con ellos.

Más adelante ocurrió algo parecido con otra persona que había canalizado ayudas a través de la empresa.

Antes de destinar todo el dinero a las remesas, les pidió que reservaran una parte para sostener su propia operación.

Para Humberto fue una forma inesperada de descubrir que la solidaridad también podía devolverse.

Pero quizás lo más importante que recibió durante esas semanas no cabe en una cuenta bancaria. Cientos de personas confiaron en él.

Cuando mira hacia atrás y recuerda los viajes, las remesas, las toneladas de ayudas y toda la gente que logró movilizar, Humberto reconoce algo que quizás tenía olvidado.

Sus capacidades de liderazgo seguían ahí. “Están muy vivas”, dice. Y enseguida corrige con una frase mejor: “Están por estrenar”.

Todos somos uno solo

El terremoto también le dejó una imagen que todavía conserva.

En uno de los edificios afectados vio personas con símbolos políticos de orillas completamente opuestas trabajando juntas.

Unos pasaban baldes a los otros. Las diferencias que semanas antes parecían enormes, frente a los escombros habían perdido importancia.

“Eso en el momento del terremoto se fue para la Conchinchina”, dice Beto.

“El pueblo caleño, independiente de su pensar político, se unió de una manera increíble”.

Tal vez por eso, cuando se le pregunta qué cambió después de todo aquello, no habla de una nueva línea de velas ni de un gran proyecto empresarial. El cambio, dice, fue personal.

Velas de la Fe seguirá siendo Velas de la Fe. Habrá que producir, vender, recuperar el “roto” que dejaron no solo aquellos catorce días, sino los que tarde en volverse a mover la economía, y volver a mirar la caja.

Porque la solidaridad no paga por sí sola las facturas y una empresa también necesita sobrevivir para poder seguir estando ahí.

Pero Beto ya no mira exactamente igual aquello por lo que corre todos los días.

Durante dos semanas dejó de contar velas y empezó a contar almuerzos, mercados, colchonetas, tejas, personas.

Y cuando regresó a su negocio entendió que ayudar a otros no lo eximía de cuidar aquello que había construido.

El terremoto no le enseñó a trabajar más, le dejó algo menos evidente: “A tomar la vida de una manera diferente. No más relajada, pero sí más consciente y agradeciendo el día a día”.

Después de catorce días dedicado a intentar sostener a otros, Humberto volvió a fabricar velas.

Esta vez, quizá, entendiendo un poco mejor todo lo que también debía mantener encendido.


Durante 14 días se olvidó de su empresa, sólo pensó en ayudar

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