Cali, marzo 21 de 2026. Actualizado: viernes, marzo 20, 2026 22:40

Una creencia de miles de años

El gran mito del Sol: ni es amarillo ni “arde” como creemos

El gran mito del Sol: ni es amarillo ni “arde” como creemos
Foto: Pexels
viernes 20 de marzo, 2026

Durante siglos, el Sol ha sido fuente de vida, inspiración y también de ideas erróneas.
Desde las antiguas civilizaciones que lo veneraban como una deidad hasta las representaciones infantiles que lo pintan de amarillo con rayos ardientes, nuestra estrella ha estado rodeada de mitos.

Uno de los más persistentes es que el Sol es una bola de fuego que quema como una llama y que su color natural es amarillo. Sin embargo, la ciencia demuestra que ambas creencias son incorrectas.

La realidad

El Sol es, en realidad, una enorme esfera de gas compuesta principalmente por hidrógeno y helio. Su energía no proviene de la combustión —como sucede con el fuego en la Tierra— sino de un proceso mucho más complejo: la fusión nuclear.

En su núcleo, aproximadamente 700 millones de toneladas de hidrógeno se transforman cada segundo en 695 millones de toneladas de helio.

Esa pequeña diferencia de masa se convierte en una enorme cantidad de energía que se libera en forma de radiación, inicialmente como rayos gamma, que luego se transforman en luz visible y calor.

Este dato es clave para desmontar el mito: el Sol no “arde” porque en su superficie no hay oxígeno, un elemento indispensable para que exista el fuego tal como lo conocemos.

En lugar de combustión, lo que ocurre es una reacción nuclear continua que mantiene a la estrella brillando durante miles de millones de años.

El color

Otro error común es su color. Aunque desde la Tierra lo vemos amarillo, el Sol es en realidad blanco.

Emite luz en todas las longitudes de onda del espectro visible, y esa combinación da como resultado el color blanco.

Entonces, ¿por qué lo percibimos amarillo? La respuesta está en la atmósfera terrestre.
Al atravesarla, la luz solar sufre un fenómeno llamado dispersión de Rayleigh, mediante el cual los gases desvían más las longitudes de onda cortas, como el azul.

Este mismo efecto explica por qué el cielo es azul y hace que la luz del Sol que llega directamente a nuestros ojos tenga un tono más cálido.

A lo largo de la historia, la humanidad ha construido relatos simbólicos en torno al Sol.

Hoy, la ciencia permite comprenderlo con mayor precisión y, al mismo tiempo, desmontar ideas arraigadas. Lejos de ser una llama amarilla, el Sol es una estrella blanca impulsada por la física nuclear.


El gran mito del Sol: ni es amarillo ni “arde” como creemos

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