Cali, agosto 21 de 2026. Actualizado: viernes, agosto 21, 2026 21:25
Empresario TEC
Redes sociales: la belleza bajo el algoritmo
¿Qué pasa cuando el espejo deja de ser un reflejo y se convierte en una pantalla? Esta pregunta resulta cada vez más relevante en una sociedad donde la apariencia física está permanentemente expuesta a filtros, likes, comentarios y algoritmos que deciden qué imágenes vemos.
El fenómeno comienza desde edades tempranas. El 80 % de los niños y adolescentes utiliza redes sociales todos o casi todos los días.
Entre los jóvenes de 13 a 17 años, TikTok alcanza una penetración del 63 % e Instagram del 59 %, mientras una proporción importante las consulta diariamente e incluso varias veces al día.
Las plataformas digitales se han convertido así en uno de los principales espacios donde las nuevas generaciones construyen relaciones, consumen contenidos y desarrollan su percepción de sí mismas.
Durante años, los estándares de belleza estuvieron asociados a la televisión, las revistas o la publicidad.
Hoy el fenómeno es mucho más complejo: cualquier persona puede convertirse en creadora de contenido y, al mismo tiempo, cualquier usuario puede estar expuesto durante horas a imágenes cuidadosamente seleccionadas.
Filtros que modifican el rostro, aplicaciones que afinan la figura, fotografías editadas y herramientas de inteligencia artificial que generan imágenes hiperrealistas hacen que muchas de las personas que aparecen en redes ni siquiera representen cómo se ven en la vida cotidiana.
Sin embargo, esas imágenes pueden convertirse en referentes para compararnos.
“Las plataformas digitales han creado un nuevo estándar de belleza: uno que no existe en la vida real. Las imágenes que vemos están editadas, curadas y, muchas veces, manipuladas por inteligencia artificial. El problema es que la comparación social puede convertir esos contenidos en referentes para construir nuestra propia identidad”, explica Anderson Gañán, docente de Psicología de la Universidad Politécnico Grancolombiano.
Su investigación sobre el malestar subjetivo en jóvenes con autopercepción de fealdad aborda precisamente cómo la percepción del propio cuerpo puede estar relacionada con los referentes que circulan en el entorno digital.
Y aquí aparece un elemento fundamental: el algoritmo aprende de nuestros comportamientos.
Si una persona interactúa constantemente con contenidos relacionados con cuerpos considerados “perfectos”, rutinas extremas de ejercicio o determinados cánones faciales, las plataformas pueden continuar mostrándole contenidos similares.
El usuario termina dentro de una burbuja visual donde la diversidad corporal pierde protagonismo.
Entonces aparecen preguntas que antes pertenecían a la intimidad: ¿por qué no me veo así?, ¿por qué tengo menos likes?, ¿por qué mi cuerpo no se parece al de esa persona?
La solución no consiste en demonizar las redes sociales.
Estas plataformas también pueden ser espacios para aprender, crear comunidades, encontrar referentes positivos y promover una visión más diversa de la belleza.
El primer paso es cuestionar lo que vemos. Una fotografía no necesariamente representa la realidad y un video viral tampoco establece cómo debería verse una persona.
El segundo es diversificar el contenido. Seguir perfiles con diferentes edades, cuerpos, estilos y formas de vida ayuda a romper la idea de que existe un único modelo de belleza.
También es importante revisar cómo nos sentimos después de utilizar las plataformas.
Si pasar horas en una red social genera ansiedad, frustración o inconformidad con la propia apariencia, puede ser una señal para hacer una pausa y revisar qué contenidos estamos consumiendo.
En el caso de niños y adolescentes, el acompañamiento de padres y educadores resulta fundamental.
Más que prohibir las redes, se necesita educación digital y emocional para enseñar a identificar filtros, publicidad, manipulación de imágenes y mecanismos de validación social.
La inteligencia artificial hará que las imágenes sean cada vez más realistas y fáciles de modificar. Por eso, aprender a distinguir entre inspiración y comparación será una habilidad cada vez más importante.
El desafío no es conseguir que las nuevas generaciones dejen de mirar las pantallas.
Es lograr que, cuando lo hagan, no terminen mirando su propio reflejo a través de los ojos del algoritmo.
Porque la belleza puede cambiar de tendencia, el algoritmo puede cambiar de recomendación y los likes pueden desaparecer.
El valor de una persona no debería hacerlo.

