Cali, febrero 11 de 2026. Actualizado: miércoles, febrero 11, 2026 22:54

Adrián Zamora Columnista

2026: El año del (des)orden

Adrián Zamora

Enero de 2026 no inauguró una era, pero sí dejó una imagen nítida del momento que habitamos. Vivimos una dualidad difícil de procesar: al mismo tiempo que la ciencia alcanza hitos que parecían ciencia ficción —terapias génicas que revierten enfermedades degenerativas, avances que reescriben los límites del cuerpo humano—, la gobernanza global muestra signos de agotamiento frente a conflictos que ya no respetan fronteras, reglas ni diplomacia.

El progreso avanza, pero el orden no necesariamente lo acompaña.

El primer eje de este desorden está en la ciencia misma. En capacidad, el salto es indiscutible: estamos haciendo más, más rápido y con mayor precisión que nunca.

El problema aparece cuando ese avance no viene acompañado de benevolencia percibida ni de integridad institucional.

La brecha es estratégica porque cuando el conocimiento se percibe como distante o elitista, deja de operar como bien común y se convierte en un activo de poder listo para ser usado por quien lo reclame como suyo.

Ese desplazamiento explica por qué la tecnología pesa hoy como variable geopolítica. La computación cuántica, la navegación pasiva y la inteligencia artificial agéntica no solo prometen eficiencia, sino que redefinen el significado de dependencia, autonomía y vulnerabilidad.

Pasamos de sistemas que asisten a unos que deciden, planifican y ejecutan. Pero delegar agencia requiere instituciones confiables y ahí emerge el cuello de botella: una mayor capacidad técnica sin regulaciones acelera procesos, pero también amplifica el desorden.

El segundo eje del análisis es un choque de realidad. Mientras en Davos se habla de imprimir meniscos en microgravedad y de soberanía criptográfica, Sudán acaba de cumplir mil días en guerra.

Catorce millones de personas desplazadas, un sistema de salud colapsado y ataques sistemáticos a infraestructura humanitaria convierten ese conflicto en algo más que una tragedia local: es el síntoma de un sistema internacional paralizado.

Sudán expone la paradoja central de nuestro tiempo: somos capaces de censar lo invisible a escala atómica, pero incapaces de responder a una crisis humana que ocurre a plena vista.

La sofisticación de los datos convive con la precariedad de nuestra capacidad para actuar.

El tercer eje es económico y no ofrece mayor consuelo. Un crecimiento global proyectado del 2,6% convive con cadenas de suministro replegadas, precios de alimentos como señales de estrés y una deuda pública que, por primera vez, iguala el PIB mundial.

El mundo dejó atrás la lógica del “justo a tiempo” y migró hacia un esquema de “por si acaso”, aceptando mayores costos para reducir vulnerabilidades.

Este giro consolida un mercantilismo moderno que prioriza la autosuficiencia sobre la eficiencia, en un contexto donde la resiliencia es frágil, el margen fiscal se agotó y la transición energética —junto con la expansión de la IA— exige una oferta de energía que aún no existe en condiciones limpias y estables.

Leídos en conjunto, estos tres planos dibujan una hoja de ruta exigente que Davos 2026 ya vio. A corto plazo, la estabilización es ineludible: hambre, precios, ciberseguridad.

A mediano plazo, la consolidación de infraestructura energética, sanitaria y de datos. A largo plazo, la reconstrucción de estabilidad sistémica.

Pero ningún horizonte es viable sin un cambio de liderazgo que se rebele contra la dictadura de los informes trimestrales y esté más atento a los costos humanos del desorden.

En resumen, estamos construyendo un futuro tecnológicamente brillante pero humanamente vacío. La tecnología y el conocimiento para sanar el mundo ya los tenemos.

Lo que nos falta es superar la parálisis de la voluntad internacional. Nuestra última y más potente frontera no es el espacio, ni es el átomo; es nuestra propia agencia humana.

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viernes 30 de enero, 2026
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