Cuando el cartón vale menos que la palanca

Cali, abril 28 de 2026. Actualizado: martes, abril 28, 2026 21:26

Wilson Ruiz Orejuela

Cuando el cartón vale menos que la palanca

Wilson Ruiz Orejuela

En Colombia no solo hay jóvenes frustrados por la falta de oportunidades; también hay una generación entera observando cómo, para algunos, el camino al éxito parece más corto cuando se tiene poder cerca.

El escándalo alrededor de Juliana Guerrero, por las dudas sobre sus diplomas y méritos académicos, es el reflejo de una enfermedad nacional: la idea de que en este país todavía pesa más la influencia que el esfuerzo.

Mientras miles de estudiantes pasan noches enteras estudiando, trabajan para pagar una matrícula o se endeudan durante años para conseguir un título legítimo, otros parecen avanzar con una facilidad insultante.

Y allí nace la indignación ciudadana. No porque se critique el éxito de alguien, sino porque se cuestiona si ese éxito fue construido con mérito real o impulsado por privilegios que la mayoría jamás tendrá.

Lo verdaderamente grave no es solo si hubo inconsistencias en títulos o credenciales. Lo grave es el mensaje que recibe un joven en cualquier barrio de Colombia: que no basta con prepararse, que quizá no basta con ser bueno, que tal vez lo importante sigue siendo conocer a la persona correcta.

Ese mensaje destruye la fe en la educación, en la movilidad social y en la igualdad de oportunidades.

No se puede hablar de progreso mientras se normaliza que algunos lleguen por la puerta de atrás. No se puede pedir disciplina a una juventud cansada, mientras ciertos sectores parecen premiados por el atajo.

Cada caso de favoritismo, cada hoja de vida inflada, cada silencio cómplice desde el poder erosiona la confianza pública y fortalece el cinismo colectivo.

Y hay algo aún más delicado: cuando las instituciones guardan silencio frente a estos episodios, se convierten en cómplices de la desconfianza.

La ciudadanía espera explicaciones claras, documentos verificables y respuestas contundentes, no evasivas ni estrategias de distracción.

La transparencia no puede depender del apellido ni del cargo de turno. Si las reglas existen, deben aplicarse para todos por igual.

También es una afrenta para quienes sí hicieron las cosas bien. Para el profesional que estudió de noche después de trabajar todo el día.

Para la madre cabeza de hogar que terminó su carrera con sacrificio. Para el joven que ahorró durante años para pagar un posgrado.

Ellos merecen saber que su esfuerzo vale más que cualquier conexión política o social.

Los jóvenes colombianos necesitan ejemplos de superación auténtica, no relatos maquillados. Necesitan ver que quien estudia avanza, que quien trabaja crece y que quien miente responde.

Si no ocurre así, el país termina educando en la trampa y graduando en desilusión.

Este escándalo debería dejar una lección clara: los cargos, el reconocimiento y las oportunidades deben sostenerse sobre la verdad.

Porque cuando el cartón vale menos que la palanca, no fracasa una persona; fracasa el sistema entero.

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