Cali, febrero 26 de 2026. Actualizado: jueves, febrero 26, 2026 21:50
Elegir libremente
En toda democracia existe una diferencia silenciosa pero decisiva entre votar y elegir. Votar es un procedimiento.
Elegir es un acto de libertad. El primero depende de una urna; el segundo, de la posibilidad real de decidir sin presiones visibles o invisibles.
En época electoral, las ciudades se llenan de política. La competencia parece intensa y el mensaje es claro: todo está en juego. Sin embargo, la visibilidad no es sinónimo de apertura.
Una parte del próximo Congreso llegará al día electoral sostenida por estructuras que reducen de antemano el margen de disputa. Las urnas se abrirán, pero en más de un caso confirmarán equilibrios previamente consolidados.
No se trata de un fraude burdo ni de una conspiración clandestina. Es algo más estable y, por eso mismo, más difícil de cuestionar: la normalización de prácticas que convierten el poder administrativo en herramienta electoral y el acceso a recursos en ventaja estructural.
Cuando el empleo público se transforma en vínculo de dependencia, y cuando la financiación desproporcionada ocupa el espacio público hasta saturarlo, la competencia formal subsiste, pero la libertad sustantiva se estrecha.
La distinción no es menor. La libertad formal consiste en poder votar sin coacción explícita. La libertad sustantiva implica contar con condiciones reales para decidir sin que la necesidad, la expectativa o la desproporción estructural inclinen de antemano la balanza.
En un país marcado por la vulnerabilidad económica, esa diferencia pesa. El voto puede seguir siendo secreto y legal, pero no siempre es plenamente libre.
En ese punto, la democracia no colapsa. Se vuelve más frágil. El procedimiento permanece intacto, pero la experiencia moral de elegir se debilita.
Se vota, sí; pero cada vez menos se delibera. La continuidad reemplaza a la confrontación auténtica de proyectos, y la inercia ocupa el lugar de la decisión.
Tocqueville advertía que las democracias pueden deteriorarse sin estridencias, no cuando desaparecen las leyes, sino cuando se erosionan las virtudes que las sostienen.
El problema no es la ausencia de reglas, sino la disminución del carácter cívico que les da sentido. Cuando la costumbre reemplaza a la exigencia, el sistema funciona, pero funciona vacío.
Un congresista no es una figura ornamental. Es quien interviene en la arquitectura normativa del país, fija límites y define reglas que afectarán a millones de personas.
Si su elección ocurre en un entorno donde la libertad sustantiva está condicionada, la representación pierde calidad antes incluso de comenzar a ejercer el poder.
Por eso la pregunta decisiva no es simplemente quién ganará estas elecciones. Es si estamos defendiendo las condiciones que hacen posible elegir libremente.
Porque una democracia no se debilita cuando la gente deja de votar.
Se debilita cuando la libertad se reduce a un gesto.
Y cuando elegir deja de ser una afirmación consciente para convertirse en una confirmación automática.
