Cali, febrero 11 de 2026. Actualizado: miércoles, febrero 11, 2026 21:50
Envejecer y dejar envejecer… bien
Todos convivimos con la vejez, en muy diversas expresiones: Porque tenemos familiares, amigos y vecinos que se encuentran en esa etapa de la vida, y porque -como en mi caso- ya somos parte de ese grupo de cerca del 14% de colombianos que superamos los 60 años y legalmente se nos considera personas mayores (o de la tercera edad) según la Política Pública Nacional de Envejecimiento y Vejez, que marca la vejez como una etapa de la vida caracterizada por transformaciones biológicas, psicológicas y sociales, que no ocurren de manera uniforme ni lineal y que es irreversible.
Aunque lo de 60 años es un asunto más técnico y legal (generalmente relacionado con la edad de pensión del trabajo), pues no necesariamente alguien con esa edad se convierte automáticamente en anciano.
Si bien la vejez puede ser entendida como sinónimo de fragilidad, por cuanto generalmente se acompaña de la pérdida de fuerza y condiciones físicas, y a veces mentales, la actitud frente a la vida puede ser más enérgica en una persona con varias décadas de vida acumuladas que en un joven.
¿Cuántos jóvenes conocemos que reflejan agotamiento de su propia vida y, al contrario, cuántos viejos tienen un espíritu inquebrantable? La vejez desaparece la piel tersa y acumula arrugas, pero también reúne historias y mucha sabiduría.
Bien lo señaló Albert Einstein: “No envejecemos cuando dejamos de cumplir años, sino cuando dejamos de tener sueños”.
Lo cierto es que la vejez es una realidad que nos cobija a todos, tanto para quien la vive como para los menores que le rodean, y que según el contexto disfrutan, o sufren, de esa situación.
La enfermedad y el dolor son compañeros irremediables de la cada vez más avanzada vejez, pero -ahí está el error- eso no significa el fin de la vida.
Aunque suene a Perogrullo, la vida termina cuando termina, puede ser a los 15, 30, 50 ó 99 años, y mientras ésta exista, los días amanecen y anochecen por igual para todos y solo el proyecto de vida que se construye y los sueños que se acrecientan son los que confirman la vitalidad y la posibilidad de hallar el verdadero sentido de la existencia.
Ver la vejez (tanto por el viejo como por el joven) como sufrimiento, con indolencia o incomodidad, solamente porque no se es la misma persona de antes, es una limitada y peligrosa forma de minusvalorar la vida, sus aprendizajes, experiencias, sabiduría y consejos.
Llegar a viejo debe ser visto como un privilegio y negarse a aceptarla, en cuerpo propio o ajeno, es desconocer algo que nos toca a todos, sin excepción.
Tratar a los ancianos con lástima y sin dignidad es como negarse a desenterrar un tesoro solo porque incomoda tener que buscar en el fondo. La búsqueda continua es el secreto de la vida, de jóvenes y ancianos.
Lógico, la vejez viene con dolores y enfermedades, así como la juventud se relaciona con inexperiencia y riesgo. Son leyes de la vida.
Cada etapa de la vida tiene sus pros y sus contras. Pero todos, incluidos los bebés y las personas de edad media, convivimos en un mundo que nos desafía a mejorarlo y vivirlo de la mejor manera posible.
Escuchar a los viejos y cuidarles no es solo un asunto de humanidad y caridad, sino de inteligencia generacional, de aprender de sus errores y vivencias y de contribuir a que la sociedad mejore a partir de su enseñanza.
Saber reconocer la vejez (en cuerpo propio y en el de nuestros cercanos) constituye una oportunidad invaluable de vernos de otra forma, de resignificar momentos, opiniones, pertenencias y relaciones, y de buscar un espacio para la propia tranquilidad y un encuentro consigo mismo.
Tanto para viejos como jóvenes, la vejez debe ser vista como la llegada de nuevas experiencias, que demanda una responsable revisión de hábitos de vida, de compañía y de planeación de proyectos personales y colectivos.
Llegar a la vejez es un privilegio, que el destino, la salud o la violencia han prohibido a millones de personas. Por ello, debe ser valorada como un regalo de la vida que cada día que pasa debemos apreciar más.
