Cali, febrero 11 de 2026. Actualizado: miércoles, febrero 11, 2026 22:54
Estados Unidos capturó a Maduro… ¿Y ahora qué?
Bombardeos nocturnos en suelo venezolano, militares en la calle y las puertas del Palacio de Miraflores forzadas.
El 3 de enero el mundo contuvo la respiración ante la noticia del año: Estados Unidos capturó en Caracas a Maduro.
Hoy, sin embargo, comenzamos a exhalar, aunque el aire sale espeso, enrarecido por una pregunta central: ¿qué ocurre cuando cae el rey, pero el tablero permanece intacto? Porque capturar al líder no equivale a liberar al país, sino que abre una fase de negociación de alto riesgo.
Conviene, por tanto, bajar el volumen de la euforia y encender la fría luz del análisis. La teoría del cambio de régimen supone que, al remover la cabeza, la estructura colapsa y deja paso a la democracia. Sin embargo, la historia ofrece una lección menos optimista.
Un estudio de Foreign Affairs recuerda que solo el 10% de estas operaciones producen sistemas políticos estables y que la legitimidad, lejos de imponerse por la fuerza, se construye gradualmente.
Así es como el vacío que deja Maduro no es un terreno despejado, sino un pantano donde conviven intereses armados, economías ilícitas y lealtades frágiles.
Además, Venezuela no es la Panamá de 1989, un país pequeño centrado en una sola ciudad. Es una comparación que seguramente escucharemos mucho en CNN estos días, pero es engañosa y peligrosa porque Venezuela es un país vasto y fragmentado, atravesado por geografías complejas y por una red de actores armados con autonomía real.
Estos grupos no dependían exclusivamente de la figura presidencial para sobrevivir; al contrario, aprendieron a operar con márgenes propios.
Al retirar la cabeza se pierde coordinación, pero no capacidad, de modo que el cuerpo del régimen sigue en pie, con sus músculos y reflejos intactos.
Es en este contexto donde se produce el giro decisivo de Washington, porque Trump no solo evitó respaldar a la oposición democrática, sino que llegó a hablar abiertamente de “gobernar” Venezuela, dejando claro que el incentivo central de toda la operación es el petróleo.
En ese movimiento, María Corina Machado fue públicamente menospreciada y descartada como opción de poder, mientras Delcy Rodríguez fue elegida como una figura funcional para la transacción, alguien a quien The Economist ha descrito como pragmática y viable para hacer negocios.
Es la realpolitik en su forma más cruda: estabilidad a cambio de barriles, aun si eso implica reciclar buena parte de la estructura chavista.
El problema, sin embargo, no es sólo político, sino profundamente técnico. La producción petrolera de Venezuela ronda el millón de barriles diarios y enfrenta riesgos de caída por falta de diluyentes, sanciones logísticas y deterioro operativo.
Volver a niveles de hace quince años exigiría inversiones cercanas a los 110 mil millones de dólares, una cifra descomunal en un contexto de fuga de talento, donde la PDVSA es dirigida por militares y con un mercado global que proyecta precios más bajos.
Todo, finalmente, pende de un fino hilo: el comportamiento del estamento militar. Si los generales aceptan el nuevo arreglo para preservar rentas y poder, Venezuela podría derivar en un petro-estado tutelado.
Si se fracturan, el escenario se desliza hacia una violencia abierta con impacto regional. ¿Puede un país reconstruirse como el resultado de un negocio?, ¿es sostenible pactar petróleo a cambio de estabilidad sin legitimidad?, ¿qué ocurre cuando el cuerpo decide no obedecer a la nueva cabeza?
El rey ha caído, pero el tablero sigue armado y las piezas continúan negociando su precio. La captura satisface la sed de justicia inmediata, pero Venezuela no amaneció libre; amaneció intervenida, y la historia que comienza a escribirse con tinta de petróleo todavía no decide si podrá evitar escribirse, también, con sangre.
