Cali, febrero 11 de 2026. Actualizado: miércoles, febrero 11, 2026 17:30
Impunidad: una justicia cada vez más lejana
Denunciar un delito debería ser un acto sencillo y protegido por el Estado. Así lo establece el Código Penal, que lo define como deber ciudadano y obligación estricta para los servidores públicos.
Pero entre la norma y la realidad hay una brecha creciente. Hoy, quien intenta denunciar no siempre encuentra orientación clara, sino trámites confusos, respuestas incompletas y obstáculos que desaniman incluso al más persistente nos volvimos víctimas del delito y del trámite
No siempre fue así. Durante años, acudir a la Fiscalía o a una Unidad de Reacción Inmediata (URI) significaba poder hablar con un funcionario, exponer el caso y recibir instrucciones precisas.
El sistema de atención directa —aunque imperfecto— ofrecía algo fundamental: contacto humano. Esa cercanía generaba confianza y la percepción de que el proceso tenía un punto de partida definido.
Con la digitalización se prometieron eficiencia, agilidad y transparencia. La denuncia virtual se presentó como la gran solución.
Sin embargo, la experiencia de muchos ciudadanos ha sido distinta. Las plataformas suelen fallar, se bloquean a mitad del trámite o no permiten finalizar el registro.
En no pocos casos, el denunciante debe intentar varias veces o buscar ayuda externa para completar el proceso.
Aun cuando la radicación se logra, aparece otro problema: la falta de información posterior. El ciudadano queda a la espera de números de caso, asignaciones y respuestas que tardan más de lo razonable.
La tecnología, que debía simplificar, termina creando distancia y frustración.
Dentro de la institución la presión también es evidente. Los fiscales enfrentan cargas laborales que superan su capacidad operativa.
El volumen de procesos, sumado a limitaciones de personal y tiempo, hace que muchas investigaciones avancen con lentitud.
Sin el impulso técnico de un abogado de víctimas, numerosos casos pierden dinámica y se diluyen en la congestión.
El resultado es preocupante: crece la percepción de impunidad y se debilita la confianza ciudadana.
Cuando el acceso a la justicia se vuelve complejo, el mensaje que recibe la sociedad es contradictorio: existe el deber de denunciar, pero no siempre existen las condiciones para hacerlo de forma efectiva.
De ahí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿se denuncia por confianza en el sistema o simplemente para cumplir un requisito y evitar responsabilidades por omisión? Si el trámite se percibe como una carga y no como un derecho protegido, algo estructural está fallando.
La Fiscalía General de la Nación tiene el reto de cerrar esa brecha. No basta con modernizar plataformas; es necesario fortalecer la orientación al ciudadano, simplificar
rutas de atención y devolverle rostro humano al proceso. La eficiencia no debe medirse solo en sistemas implementados, sino en casos acompañados y resueltos.
La justicia no se fortalece únicamente con tecnología. Se fortalece con gestión, claridad y vocación de servicio.
Mientras ese equilibrio no exista, seguirá siendo un derecho lejano para muchos y una experiencia frustrante para quienes intentan ejercerlo.
