Cali, octubre 8 de 2026. Actualizado: jueves, octubre 8, 2026 16:33
¿Quién mató a Dios?
Ahora sí tiene sentido la frase: “Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado”.
Y lo malo no es decirlo; lo malo es rasgarnos las vestiduras y pensar que usted y yo no estamos dentro de ese dicho. Pero parece que sí.
“Bien, gracias a Dios”, dice casi todo el mundo ante un saludo amable.
“Si Dios quiere” es casi la forma adecuada, socialmente aceptada, para terminar un deseo, como si de un mantra se tratara.
“¡Ay, Dios!”, exclama alguien cuando llega una noticia sorpresiva y, generalmente, no buena.
Frases que se lanzan como comodines, pero que, en el fondo, carecen de un sentido consciente.
“El tiempo de Dios es perfecto”, rezan los nuevos teólogos de Temu para justificar la desidia, la incoherencia o para que el interlocutor no tenga más remedio que asentir en silencio o, si acaso, se le escapa una frase que no puede ser más que un triste y vacío “amén”.
Por otro lado, tenemos el desodorante favorito de muchos que se llaman a sí mismos cristianos: ese librito de pasta negra, con bordes rojos y letra tan pequeña que, de verdad, es un milagro que alguien pueda leer o descubrir una palabra en medio de ese reguero de manchas negras que parecen hormigas sobre un papel blanco, con manchas amarillas, que parece haber sido consultado sin cansancio durante los últimos tres mil años, aunque el cristianismo tiene solo dos mil y algo.
Mi teoría es que no lo leen: se lo saben de memoria. Por eso encuentran la página sin buscar, sin pensar, sin medir.
Por eso repiten el Levítico de memoria, pero de Jesús a duras penas saben quién fue, porque lo que importa es el miedo.
Su Dios es el libro, no aquel de quien habla el libro. Así que, en ese caso, perdido.
Y no perdido porque sí. Para ellos, y para muchos otros, el Sermón del Monte, la parábola del viñador, las palabras de Jesús en la cruz, las actitudes de Jesús respecto del marginado, del pobre, del olvidado, su crítica del poder corrupto, son invisibles.
Son como notas a pie de página que no vale la pena leer porque son secundarias o, más bien, incómodas.
Ahora, con el auge de las redes sociales, están los vendehumo: desde el protestante más “top”, con escenarios majestuosos, hasta los clérigos modernos con casullas que parecen heredadas de un emperador romano, más lujosas que las de un papa, rodeados de imágenes.
Pero el negocio es el mismo: la sanidad, la liberación, la prosperidad basada en dinero, con nombres tan litúrgicos como ofrendas, diezmos, primicias, siembras y muchos otros eufemismos de lo que Jesús llamaría “bandidos”.
Así que la imagen de Dios que nos trajo Jesús se ha ido cambiando por dioses que hemos ido, a lo largo de estos siglos, acomodando a nuestras necesidades personales.
Ahora es más fácil que nunca: el éxito, la fama, el dinero y el estatus son los dioses más comunes.
Y lo más triste es ver a tantos y tantas que corren detrás de quienes construyen esos dioses para autosatisfacerse.
Bueno, entonces, la pregunta es: ¿dónde estamos usted y yo? ¿Estamos fabricando nuestros dioses particulares a nuestra medida? ¿Estamos corriendo detrás de los dioses que otros fabrican para satisfacer sus necesidades egoístas? ¿O simplemente, como se dice popularmente, estamos sin Dios ni ley?
Si su dios es uno de esos, está en total libertad de tenerlo.
No busco condenar ni criticar a nadie, pero lo más importante es tener claro en qué creemos y no estar engañados, caminando a ciegas. Eso sí es un error.
En nuestro país hay libertad de culto, así que cada cual puede construir su dios a su imagen y semejanza, y nadie puede criticarlo por eso.
Pero si lo que buscamos usted y yo es caminar en el sentido que predicó Jesús, la cosa es un poco más compleja que levantar las manos y gritar, ir a un lugar los domingos o sábados, tener imágenes o leer un libro y aprendérselo de memoria.
La dignidad humana, la compasión, la misericordia y el perdón son la verdadera llave para el Reino de Dios. No la apariencia, sino el corazón.
A Dios no lo hacemos presente en nuestra vida porque lo mencionemos al final de cada frase.
A Dios lo hacemos presente porque somos capaces de promover la verdad, la fraternidad, el respeto de las personas y la construcción de una sociedad más justa, basada en el derecho de toda persona a vivir dignamente, a envejecer con dignidad y a tener dónde vivir y una educación que le permita mejorar su calidad de vida.
Lo hacemos presente cuando somos capaces de promover en nuestro entorno la justicia, el diálogo y la verdad.
Eso fue lo que nos enseñó Jesús de Nazaret. Por eso fue crucificado y murió en tiempos de Pilatos, administrador romano en Judea.
Entonces, la pregunta que queda es: ¿usted y yo matamos a Dios?
