Cali, septiembre 9 de 2026. Actualizado: miércoles, septiembre 9, 2026 21:22
Un mes después del terremoto, ¿Qué aprendimos?
Un mes después del terremoto, todavía estamos tratando de asimilar lo que pasó.
El 10 de agosto no solo se movieron la tierra, los edificios y las calles.
También se movió nuestra tranquilidad: la seguridad con la que entrábamos a nuestra casa, abríamos nuestro negocio o enviábamos a nuestros hijos al colegio.
Se movieron familias, proyectos de vida y empleos que, en segundos, quedaron entre escombros.
La tragedia afectó a 16 departamentos y 498 municipios, pero el Valle del Cauca fue el territorio más golpeado.
De los 331 fallecidos en el país, cerca del 60% corresponden al Valle.
De las 296.725 familias afectadas en Colombia, aproximadamente la mitad está en nuestro departamento, y de las cerca de 38.700 empresas que reportaron daños, casi cuatro de cada diez son vallecaucanas.
De los $30 billones en pérdidas físicas directas estimadas, $19,5 billones corresponden al Valle: casi dos de cada tres pesos.
Vistas en contexto regional, estas cifras dicen aún más.
Para Colombia, esas pérdidas equivalen a cerca del 1,5 % del PIB; para el Valle, al 12% de todo lo que produce en un año.
Las 314.798 personas afectadas significan que uno de cada 15 vallecaucanos sufrió alguna afectación, y las cerca de 15.000 empresas con daños representan el 10% de nuestro tejido empresarial.
Pero hay daños que no caben en una cifra.
Detrás de cada persona afectada hay una historia; detrás de cada vivienda, una familia; y detrás de cada negocio, trabajadores y hogares que dependen de él.
Tardaremos mucho tiempo en superar esta tragedia. Y nos queda una pregunta que, como región, no podemos evadir: ¿Qué aprendimos?
La primera lección es que la solidaridad nos hace más fuertes.
Ciudadanos, empresas, gremios y comunidades respondieron con donaciones, voluntarios y manos dispuestas.
Esa respuesta mostró mucho de lo que somos como sociedad y no debería desaparecer cuando termine la emergencia: todavía hay mucha gente que necesita ayuda y muchas formas de ayudar.
La segunda es que cuando el Valle se une, el Valle puede mucho más.
La solidaridad nos lleva a ayudar al que sufre; la unidad, a resolver los problemas de fondo.
Aquí sobran capacidades: empresarios, universidades, gremios, trabajadores y gobiernos. Lo que falta es voluntad para dejar a un lado los egos y los intereses particulares.
Cuando el Valle habla con una sola voz, el país lo escucha; cuando habla dividido, pasa a un segundo plano.
La tercera lección es que tenemos que aprender a construir y habitar mejor nuestro territorio.
Cali tiene limitaciones para crecer horizontalmente y tendrá que pensar en densificación, renovación urbana y altura, pero desde una planeación inteligente: estudios de suelo, normas sismorresistentes, servicios, movilidad y gestión del riesgo.
No se trata de construir más, sino mejor y en los lugares correctos.
La resiliencia no se improvisa el día del terremoto; se construye en los años anteriores.
La cuarta lección es la importancia de tener buenos gobiernos que sepan liderar y articular.
Una tragedia así exige planear, coordinar y ejecutar, priorizar recursos y hacer seguimiento, trabajando con la Nación, los municipios, el sector privado, la academia y las comunidades.
La calidad de un gobierno no se mide solo por cómo responde cuando ocurre una tragedia, sino por qué tan rápido convierte los anuncios en hechos.
Y aquí el tiempo apremia. El Decreto 1261 declaró la emergencia económica por treinta días, plazo que vence el 18 de septiembre.
La declaratoria no entrega por sí sola los recursos: cada medida de vivienda, arriendo, crédito, empleo o alivio tributario debe concretarse dentro de ese marco.
Lo que no se reglamente a tiempo tendrá que avanzar por la vía ordinaria, que toma meses que muchas familias y negocios no tienen.
La quinta lección es que también tenemos que reconstruir nuestra economía, y para eso necesitamos al sector privado.
Una empresa que no puede abrir sus puertas no solo afecta al empresario, sino al trabajador, al proveedor y a la familia que depende de ese ingreso.
La mayoría son micro y pequeñas empresas, y el 61% de quienes pidieron apoyo financiero priorizó capital semilla o recursos no reembolsables, frente a apenas un 15% que pidió crédito nuevo.
Quien perdió su inventario no necesita una cuota más; necesita volver a producir.
La reconstrucción económica debe evitar que una emergencia temporal termine convertida en desempleo, informalidad y pobreza.
Así tendremos un tejido productivo vibrante que genere empleo, inversión y oportunidades, y que pueda participar en alianzas público-privadas, obras por impuestos y proyectos que transformen territorios históricamente rezagados.
Por eso, la reconstrucción no puede verse aislada de la agenda de competitividad del Valle. Una gran ayuda del Gobierno Nacional sería destrabar los proyectos estratégicos que llevamos años esperando, que serían motores de inversión y empleo y acelerarían la recuperación.
No podemos cambiar lo que ocurrió el 10 de agosto ni devolver las vidas que se perdieron. Pero sí podemos decidir qué hacemos con lo que esta tragedia nos enseñó. Podemos limitarnos a recuperar lo que teníamos, o construir un Valle mejor planificado, más resiliente, competitivo y unido.
Ese debería ser nuestro propósito: que de esta tragedia no solo salgamos reconstruidos, sino fortalecidos como región.
