Cali, julio 17 de 2026. Actualizado: viernes, julio 17, 2026 20:01
Volver a los 17: el lenguaje olvidado del alma
Volver a los diecisiete después de haber vivido un siglo es como intentar descifrar un lenguaje que alguna vez fue nuestro.
El alma nunca lo olvidó; fuimos nosotros quienes dejamos de escucharlo.
Pero volver a los diecisiete no significa regresar a la inmadurez, ni ignorar las heridas que los años inevitablemente dejan.
Significa recuperar aquello que el tiempo nunca debió arrebatarnos: la capacidad de conmovernos por el dolor ajeno, de alegrarnos sinceramente por los logros de los demás y de tender la mano sin calcular primero qué vamos a recibir a cambio.
Hay algo profundamente hermoso en la forma como un niño construye una amistad. No pregunta por el estrato social, por las ideas políticas, por la religión, por la orientación sexual o por el saldo de una cuenta bancaria.
Le basta una pelota, un juego o una sonrisa para descubrir que el otro puede convertirse en compañero de camino.
Con los años, en cambio, vamos levantando muros. Aprendemos a desconfiar antes que a escuchar, a etiquetar antes que a conocer y a competir antes que a compartir. Sin darnos cuenta, el mundo nos convence de que proteger el corazón significa endurecerlo.
Quizá por eso Jesús colocó a un niño en medio de sus discípulos cuando discutían sobre quién era el más importante.
No estaba exaltando la ingenuidad, sino recordándoles que el Reino de Dios solo puede comprenderse desde la sencillez de quien todavía sabe confiar, sorprenderse y amar sin cálculos.
El problema no es crecer; el problema es permitir que el crecimiento nos robe la humanidad.
La vida adulta tiene el riesgo de convertirnos en expertos en muchas cosas, pero analfabetos del alma.
Aprendemos a manejar presupuestos, a cumplir metas, a dirigir equipos y a resolver problemas complejos, pero olvidamos mirar a los ojos, escuchar con paciencia o preguntar con verdadero interés: «¿Cómo estás?».
Volver a los diecisiete es recuperar la capacidad de maravillarse. Es detenerse unos minutos para contemplar un atardecer sin sentir culpa por no estar produciendo.
Es volver a emocionarse con una canción, con una conversación sincera o con el abrazo de alguien querido.
Es descubrir que la vida no siempre se mide por la velocidad con la que avanzamos, sino por la profundidad con la que somos capaces de vivir cada encuentro.
Porque tal vez el mayor fracaso no sea envejecer. El verdadero fracaso sería llegar al final de la vida con un currículo impecable, una cuenta bancaria en orden y un corazón incapaz de emocionarse.
Volver a los diecisiete no es un viaje hacia atrás. Es una decisión profundamente espiritual: rescatar esa parte de nosotros que todavía sabe creer en la bondad, pedir perdón con humildad, reír sin vergüenza y descubrir en cada ser humano un hermano antes que un adversario.
Quizá esa sea una de las formas más auténticas de no perder el alma.
Con los años aprendemos a ganarnos la vida; el desafío es no olvidar cómo conservar el alma. Tal vez, de vez en cuando, todos necesitemos volver a los diecisiete.
