Cali, agosto 1 de 2026. Actualizado: sábado, agosto 1, 2026 00:22
La desinformación pone en riesgo los avances de la medicina
Vacunas: entre los mitos y la evidencia científica
La desinformación sobre las vacunas continúa siendo uno de los principales desafíos para la salud pública.
A pesar de décadas de evidencia científica que respalda su seguridad y eficacia, aún persisten creencias falsas que generan desconfianza y reducen las tasas de inmunización, favoreciendo el resurgimiento de enfermedades que estaban bajo control.
Uno de los mitos más difundidos es que las vacunas causan enfermedades graves o alteran el sistema inmunológico.
Sin embargo, organismos internacionales y expertos en salud han reiterado que las vacunas pasan por rigurosos procesos de investigación y vigilancia antes de ser autorizadas.
Sus posibles efectos secundarios suelen ser leves y temporales, mientras que los beneficios superan ampliamente los riesgos.
La preocupación cobra mayor relevancia ante el actual brote de sarampión registrado en distintos países. Esta enfermedad, altamente contagiosa, puede provocar complicaciones como neumonía, encefalitis e incluso la muerte, especialmente en niños no vacunados.
Las autoridades sanitarias coinciden en que la disminución de la cobertura de vacunación ha contribuido al aumento de casos.
La pandemia de covid-19 también dejó al descubierto el impacto de la desinformación.
Durante la emergencia circularon afirmaciones sin sustento sobre supuestos efectos adversos de las vacunas, lo que alimentó el rechazo a la inmunización.
No obstante, diversos estudios demostraron que las vacunas fueron determinantes para reducir las hospitalizaciones, los casos graves y la mortalidad.
Especialistas insisten en que combatir los mitos con información basada en evidencia es fundamental para proteger a la población.
Mantener al día los esquemas de vacunación no solo resguarda la salud individual, sino que fortalece la inmunidad colectiva y evita el regreso de enfermedades prevenibles que representan un riesgo para toda la sociedad.
El covid
Durante la pandemia de Covid-19 surgieron muchos mitos sobre las vacunas.
Algunos se originaron por desinformación en redes sociales, otros por interpretaciones erróneas de estudios científicos o por la incertidumbre propia de una enfermedad nueva.
Estos son algunos de los más difundidos y lo que mostró la evidencia científica:
“La vacuna cambia el ADN de las personas“. Mito: Las vacunas de ARN mensajero (como las de Pfizer-BioNTech y Moderna) modificarían el ADN humano.
Realidad: El ARN mensajero no entra en el núcleo de la célula, donde se encuentra el ADN. Solo proporciona instrucciones temporales para producir una proteína del virus que permite al sistema inmunitario aprender a reconocerlo. Después, el ARN se degrada.
“Las vacunas contienen microchips para controlar a la población“. Mito: Se afirmaba que las vacunas incluían dispositivos electrónicos para rastrear a las personas.
Realidad: No existe evidencia de que las vacunas contengan microchips u otros dispositivos de seguimiento. Los ingredientes de las vacunas son públicos y han sido revisados por organismos reguladores.
“Las vacunas causan infertilidad“. Mito: La vacunación impediría tener hijos o afectaría el embarazo.
Realidad: Numerosos estudios no encontraron evidencia de que las vacunas contra la Covid-19 reduzcan la fertilidad en hombres o mujeres. Además, se ha demostrado que son seguras durante el embarazo y ayudan a proteger tanto a la madre como al bebé.
“Las vacunas provocan magnetismo“. Mito: Después de vacunarse, objetos metálicos se adherían al brazo.
Realidad: Este fenómeno nunca fue demostrado en estudios científicos y las vacunas no contienen materiales magnéticos en cantidades capaces de producir ese efecto.
“Si ya tuve Covid-19, no necesito vacunarme“. Mito: La infección previa ofrecía protección suficiente para siempre.
Realidad: La infección genera inmunidad, pero esta puede disminuir con el tiempo. La vacunación después de la infección proporcionó una protección más amplia y duradera frente a nuevas variantes.
“Las vacunas causan la enfermedad“. Mito: Vacunarse podía producir Covid-19.
Realidad: Ninguna de las vacunas autorizadas contenía virus vivos capaces de causar la enfermedad. Algunas personas experimentaban fiebre, cansancio o dolor en el brazo, que son signos normales de la respuesta inmunitaria.
“Las vacunas fueron desarrolladas demasiado rápido para ser seguras“. Vacunas: entre los mitos y la evidencia científica La rapidez de su desarrollo implicaba que no se habían probado adecuadamente.
Realidad: Aunque el desarrollo fue más rápido que el de otras vacunas, todas pasaron por ensayos clínicos con decenas de miles de participantes y fueron evaluadas por agencias reguladoras.
La rapidez se debió, entre otros factores, a la colaboración internacional, la inversión económica y el trabajo paralelo en distintas fases del desarrollo.
“Las vacunas tienen más riesgos que beneficios” Mito: Los efectos secundarios eran peores que la propia enfermedad.
Realidad: Como cualquier medicamento, las vacunas pueden causar efectos adversos, la mayoría leves y temporales.
También se identificaron efectos poco frecuentes, como algunos casos de miocarditis o trombosis asociados a determinadas vacunas, pero el riesgo de complicaciones graves por la Covid-19 fue mucho mayor para la mayoría de la población.
El sarampión
La evidencia científica acumulada durante décadas muestra que esta vacuna es muy eficaz y tiene un perfil de seguridad muy alto.
Estos son algunos de los mitos más comunes:
Mito: La vacuna causa autismo.
Realidad: No hay evidencia científica que demuestre una relación entre la vacuna contra el sarampión (generalmente administrada como triple viral o SRP/MMR) y el autismo.
Esta idea surgió de un estudio publicado en 1998 que posteriormente fue retirado por fraude y mala práctica científica.
Mito: Es mejor adquirir inmunidad enfermándose.
Realidad: Aunque una infección puede generar inmunidad, el sarampión puede causar complicaciones graves, como neumonía, encefalitis (inflamación del cerebro), pérdida de audición e incluso la muerte.
La vacuna proporciona protección sin exponer a esos riesgos.
Mito: La vacuna contiene sustancias peligrosas.
Realidad: Los componentes de las vacunas se utilizan en cantidades muy pequeñas y son evaluados rigurosamente para garantizar su seguridad.
Las autoridades sanitarias supervisan continuamente su calidad.
Mito: Si el sarampión casi ha desaparecido, ya no es necesario vacunarse.
Realidad: El virus sigue circulando en varios países y puede reintroducirse fácilmente mediante viajes. Si disminuye la cobertura de vacunación, pueden ocurrir brotes importantes.
Mito: La vacuna debilita el sistema inmunológico.
Realidad: Ocurre lo contrario. La vacuna “entrena” al sistema inmunológico para reconocer y combatir el virus si la persona se expone a él en el futuro.
Mito: La vacuna produce sarampión.
Realidad: La vacuna contiene un virus vivo atenuado, que no causa sarampión en personas con un sistema inmunológico sano.
Algunas personas pueden presentar fiebre o un sarpullido leve como respuesta normal del organismo.
¿Qué dice la evidencia?: Dos dosis de la vacuna contra el sarampión ofrecen aproximadamente un 97% de protección contra la enfermedad.
Los efectos secundarios más frecuentes son leves y temporales, como dolor en el lugar de la inyección, fiebre o una erupción leve.
Las reacciones graves son muy poco frecuentes, mucho menos comunes que las complicaciones causadas por el sarampión.

