Cali, febrero 27 de 2026. Actualizado: viernes, febrero 27, 2026 21:42
Tumaco hace parte de los Destinos de paz, que impulsa el Gobierno Nacional
El Curao, tradición ancestral que sana el alma
En la vereda Chajal, donde el río conversa con la selva y la memoria no se archiva sino que se canta, hay una casa que huele a hierbas vivas y a caña recién despierta. Se llama Casa del Curado de Helen y no es solo un emprendimiento: es un acto de resistencia.
Helen —creadora y guardiana— habla del curado como quien habla de un abuelo sabio. “Cura el alma”, dice sin titubeos.
Y lo dice con la convicción de quien aprendió que las plantas no son adorno sino medicina, y que la tradición no es pasado, es presente que se defiende.
En su voz caben la danza, la música y un territorio que se niega a desaparecer: el río Chagüí y la vereda Chajal, donde todavía habita Telmo Cortés, el único bichero de ese lugar, custodio de un saber que no está en libros sino en el fuego lento del alambique.
El curado —hecho a base de biche y plantas medicinales— fue durante siglos la bebida de los esclavizados. Su médico de cabecera cuando no había médico.
En las faenas de pesca que duraban meses, en los montes donde el frío y la malaria acechaban, sembraban semillas traídas a escondidas. Semillas para resistir.
Plantas para el aire, para la fiebre, para la picadura de serpiente. Botellas que se cargaban no solo de licor, sino de esperanza. Porque el cuerpo podía caer, pero el espíritu necesitaba sostenerse.
En la Casa del Curado, emprendimiento que hace parte de los Destinos de Paz, se construye una historia que se honra desde una edición especial fermentada durante cuatro años.
“Las plantas están vivas”, explica Helen, y no lo dice como metáfora. En cada botella hay un pequeño ecosistema que se activa con la intención de quien la recibe.
El curado, según la tradición, se toma en ayunas para limpiar energías negativas, para cortar lo que pesa, para subir el aura.
También se bebe en la noche, cuando el día deja cargas invisibles, o durante un novenario, o en el periodo. Antes —recuerda— los mayores lo tomaban cada mañana para mantener el cuerpo limpio y el espíritu firme.
Pero el proyecto de Helen no se queda en la botella. Tiene tres sedes y una misión que desborda la mesa. Una de ellas es espiritual: acompaña a mujeres con problemas de fertilidad, a hombres con dolencias de próstata, a quienes padecen cálculos renales o buscan equilibrio energético.
Otra funciona como centro cultural donde el curado se presenta con danza y música del territorio, para que propios y visitantes se enamoren del país a través de sus sabores y sonidos.
Porque el curado no quiere quedarse encerrado en la postal folclórica ni limitarse a escenarios como el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.
Puede compartirse en un cumpleaños, en un bautizo, en una fiesta con cualquier género musical. La tradición no es frágil; puede dialogar con el presente sin perder su raíz.
Hay algo ritual en la manera como Helen entrega cada botella. Recomienda agradecer primero a Dios, pedir permiso para que, a través de las plantas medicinales, se elimine lo que enferma.
Encender una vela al ángel de la guarda con un vaso de agua. Consagrar la botella con un momento íntimo. “La intención es clave”, repite. Una botella puede durar diez, quince, treinta años. Puede heredarse. Lo importante es no dejarla morir.
Se recarga con biche —ese licor destilado de la fermentación de la caña— o con más curado. Y si no hay, con vino Sansón o incluso whisky. Lo ideal es acostumbrarla a un solo licor, pero lo esencial es mantener viva la planta, viva la memoria.
En tiempos donde todo se industrializa, Helen insiste en que el curado es encuentro. Es medicina y es abrazo. Es una manera de salvaguardar el río Chagüí y la vereda Chajal no solo desde el discurso ambiental, sino desde la práctica cotidiana de beber con conciencia.
“Cura el alma”, dice otra vez. Y uno entiende que no habla solo de un trago. Habla de una herencia que resistió el frío, el maltrato y el olvido.
Habla de mujeres que siembran paz mientras protegen un territorio. Habla de una botella que guarda plantas vivas y, con ellas, la posibilidad de sanar lo que no siempre se ve.
En la Casa del Curado de Helen, cada sorbo es memoria líquida. Y cada memoria, una forma de libertad.
Tumaco, un destino de paz
En una tierra donde durante años la noticia fue el miedo, hoy empieza a abrirse paso otra narrativa. Tumaco —puerto de mareas intensas y memorias profundas— ha logrado consolidarse como la tercera ciudad más segura de Colombia. No es un dato menor; es un giro de página.
El avance no llegó de la noche a la mañana. Es el resultado de un trabajo sostenido entre las autoridades locales, la Policía Nacional, el Ejército y las distintas entidades encargadas de velar por la seguridad.
Una tarea silenciosa, constante, que ha ido reconstruyendo la confianza paso a paso, calle a calle, barrio a barrio.
En un territorio donde la resiliencia es casi un idioma propio, este logro se siente como un respiro colectivo. Como cuando baja la marea después de la tormenta y deja ver la orilla limpia.
Tumaco no solo resguarda su cultura, su música y su sabor; hoy también resguarda con mayor firmeza la vida cotidiana de su gente.
Y en esa cotidianidad que se fortalece —en la plaza, en el malecón, en los barrios que vuelven a llenarse de risas— hay una certeza que empieza a afirmarse: la seguridad también es un acto de comunidad.

