Cali, agosto 14 de 2026. Actualizado: viernes, agosto 14, 2026 21:39
Escuchar “lo material se recupera” es muy doloroso para quien acaba de perderlo todo
Las cosas que no pudimos sacar de casa: por qué perder objetos también duele
Después de una tragedia escuchar que “lo material se recupera” puede resultar doloroso para quien acaba de perderlo todo.
Una fotografía, una carta, el reloj de un padre o el juguete que acompañó la infancia de un hijo pueden tener poco valor económico, pero contener una historia imposible de comprar nuevamente.
Cuando una familia debe abandonar su vivienda después de un terremoto, la prioridad es una sola: salir con vida.
No hay tiempo para pensar en el álbum de fotografías guardado en un cajón, las cartas de los abuelos, la vajilla heredada, el vestido de matrimonio, los dibujos de los niños o aquel mueble que durante décadas estuvo en la casa familiar.
Después, cuando pasa el peligro inmediato y aparece la dimensión de lo perdido, comienza un duelo del que se habla poco: el duelo por las cosas.
Puede parecer contradictorio lamentar un objeto después de haber sobrevivido.
Incluso quien lo perdió puede sentirse culpable y pensar que no debería llorar por una fotografía cuando otras personas perdieron familiares.
Sin embargo, una pérdida no invalida la otra.
Hay objetos cuyo verdadero valor nunca estuvo en lo que costaron.
No extrañamos solamente las cosas
Una fotografía antigua puede ser el único registro que quedaba de alguien que murió hace muchos años.
Una receta escrita a mano conserva la letra de una madre.
Un reloj puede haber acompañado a tres generaciones. Un juguete deteriorado puede recordar la infancia de un hijo que ahora es adulto.
Cuando esos objetos desaparecen bajo los escombros, el dolor no necesariamente proviene de haber perdido una posesión. Duele aquello que representaba.
Los seres humanos construimos vínculos con los espacios y con determinados objetos porque funcionan como pequeños depósitos de nuestra memoria.
Nos ayudan a recordar personas, épocas, lugares y versiones anteriores de nosotros mismos.
Por eso una persona puede reemplazar perfectamente una mesa destruida y, aun así, sentir que la nueva nunca será “su mesa”.
Quizá en la anterior comieron sus hijos cuando eran pequeños, celebró cumpleaños, recibió a sus padres o pasó una última Navidad con alguien que ya no está.
El objeto era reemplazable. La historia asociada a él, no.
“Lo material se recupera” no siempre consuela
Es una de las frases más repetidas después de una tragedia y generalmente nace de una buena intención: recordar que estar vivo es lo más importante.
Pero conviene utilizarla con cuidado.
Para alguien que perdió la casa que construyó durante treinta años, decir inmediatamente que “las cosas se recuperan” puede hacerle sentir que su dolor está siendo reducido a dinero. Porque no perdió solamente paredes.
Tal vez perdió el lugar donde crió a sus hijos, el árbol que sembró con su pareja, los regalos conservados durante décadas, las fotografías que nunca digitalizó y cientos de pequeños objetos que componían silenciosamente su historia.
Podemos celebrar que una persona sobrevivió y, al mismo tiempo, permitirle llorar aquello que perdió. No hay que escoger entre gratitud y tristeza.
La casa también era una memoria
Después de un terremoto, algunas personas sienten una necesidad desesperada de regresar a una vivienda declarada insegura para recuperar determinados objetos.
Esa reacción permite comprender cuánto significan, pero existe un límite que nunca debería cruzarse: ningún recuerdo vale una nueva exposición al peligro.
Si las autoridades han restringido el ingreso, no se debe regresar por fotografías, documentos, joyas ni pertenencias, por importantes que sean emocionalmente.
Cuando exista autorización para recuperar objetos, debe hacerse siguiendo estrictamente las condiciones de seguridad establecidas.
Aceptar que algo quizá no pueda recuperarse puede convertirse en una de las partes más dolorosas del proceso.

