Cali, octubre 22 de 2026. Actualizado: jueves, octubre 22, 2026 21:31

¿Cuántos caleños viven alojados en casas ajenas después del desastre?

Los “arrimados”, el drama de los damnificados del terremoto que no se ven en la calle y siguen esperado ayuda

Los “arrimados”, el drama de los damnificados del terremoto que no se ven en la calle y siguen esperado ayuda
jueves 22 de octubre, 2026

Pocos días después del terremoto del 10 de agosto en Cali, el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal escribió una columna titulada “Los arrimados”, en la que advirtió sobre la situación que enfrentarían quienes buscaran refugio en casas de familiares o amigos.

Casi dos meses y medio después, los testimonios de damnificados alojados en viviendas ajenas dan cuenta de las dificultades que afrontan quienes viven en estas condiciones.

Son los “arrimados”, personas que tienen dónde dormir, pero aún no pueden recuperar su vida cotidiana.

No están en carpas ni pasan las noches en la calle, su emergencia transcurre dentro de otros hogares, entre espacios compartidos, gastos adicionales y la incertidumbre sobre cuánto durará una estancia que comenzó como algo provisional.

María, como llamaremos a una mujer que pidió mantener su identidad en reserva, duerme con sus dos hijos adolescentes en el estudio del apartamento de una prima.

Su vivienda, en el barrio El Refugio, sufrió graves daños y la unidad residencial quedó inhabitable.

Vivir procurando no incomodar

Su prima comparte el apartamento con su esposo y su hija de diez años.

María agradece que los recibieran, pero siente que su permanencia altera las rutinas de una familia que ya tenía organizada su vida en un espacio pequeño.

Procura hacer poco ruido, ayudar cuanto puede con los oficios y limitar sus actividades.

Según relata, no existen problemas de convivencia, aunque percibe un cansancio que no sentía al comienzo.

Le incomoda especialmente ver al esposo de su prima trabajando hasta tarde en la mesa del comedor, porque el estudio que ahora ocupan ella y sus hijos era su lugar de trabajo.

La dificultad también es económica. María confeccionaba y reparaba prendas en su apartamento.

Rescató la máquina de coser, pero donde está alojada no puede atender clientes ni instalar la mesa de corte.

Un subsidio que no resuelve todo

Según cuenta, recibió un subsidio de arrendamiento del Gobierno por $1.050.000. Sin embargo, calcula que alquilar un apartamento en condiciones similares al suyo cuesta entre $1.500.000 y $1.700.000 mensuales.

A esa diferencia se suma otra barrera: como trabajadora independiente, dice que tiene dificultades para demostrar ingresos y acceder a un contrato.

Su apartamento no tenía un seguro particular, aunque la unidad residencial sí cuenta con pólizas.

La incertidumbre sobre su patrimonio se mezcla con la urgencia de recuperar ingresos y encontrar vivienda. Además, el alojamiento actual queda lejos del colegio de sus hijos y complica sus desplazamientos.

María contempla trasladarse a la casa de sus padres, en un municipio del Cauca, pero le preocupan la situación de orden público y la continuidad escolar de los adolescentes.

Una pensión y otro gasto

Otro caso es el de Antonio, que tiene 80 años y vivía con su hermana en su apartamento propio, en el barrio Champagnat.

El edificio, de estrato cinco, no se desplomó, pero quedó inhabitable. Dentro de su vivienda cayeron paredes y se produjeron daños graves.

Según explica, el seguro de la copropiedad se encargará de la reconstrucción.

Mientras tanto, ambos permanecen en el apartamento de su hijo.

Antonio vive de una pensión y afirma que no recibió ayudas ni subsidios gubernamentales para arrendamiento.

Tener vivienda propia le permitía organizar sus gastos y pagar ahora un alquiler implicaría reducir el dinero disponible para alimentación y salud.

Aun sin arrendar una vivienda, tiene un gasto adicional: la bodega donde guarda muebles, electrodomésticos y demás pertenencias.

Deberá pagarla mientras espera una fecha de regreso que desconoce. Aunque cuenta con el apoyo de su hijo, también le preocupa incomodar.

Volver a empezar después de diez años

Carlos y Paola, una pareja de Cuarto de Legua, describen su situación tras el terremoto con dos palabras: “sin nada”.

Perdieron su apartamento y sus enseres. Para ellos, mudarse implica conseguir otro techo y también camas, muebles y los elementos necesarios para habitarlo.

Tras diez años de matrimonio, viven en casa de los padres de Paola.

Él tiene empleo; ella estaba desempleada desde antes de la tragedia, no cuentan con ahorros y también perdieron el vehículo que pagaban a crédito, aunque este sí estaba asegurado.

Se preguntan a qué ayudas pueden acceder para empezar de nuevo.

Están agradecidos con los padres de Paola, quienes les dicen que pueden quedarse cuanto necesiten.

Sin embargo, volver a compartir las rutinas del hogar paterno después de construir una vida independiente resulta difícil, además la pareja, que tiene planes de tener hijos, quiere recuperar su propio espacio.

Una emergencia puertas adentro

Los tres testimonios muestran que recibir alojamiento no resuelve todas las consecuencias del terremoto.

También están el trabajo interrumpido, la pérdida de privacidad, el hacinamiento y el esfuerzo cotidiano por adaptarse sin incomodar.

Que los llamados “arrimados” no estén en carpas, visibles en la calle, no quiere decir que no sean damnificados.

La convivencia prolongada cambia las rutinas de quienes llegan y de quienes reciben.

Quedan muchas preguntas: ¿Qué efectos tiene esa incertidumbre sobre el bienestar emocional de unos y otros? ¿Cómo acompañar a familias cuya emergencia transcurre dentro de una casa prestada? ¿Cuántos “arrimados” dejó el terremoto en Cali? ¿Quién reúne información sobre ellos? ¿Saben las autoridades cuántas personas tienen hoy un techo, pero siguen sin una solución para recuperar su hogar?


Los “arrimados”, el drama de los damnificados del terremoto que no se ven en la calle y siguen esperado ayuda

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