Cali, mayo 6 de 2026. Actualizado: miércoles, mayo 6, 2026 20:46
El centro político en América Latina, poderes intermitentes y opacidad cíclica
Todas las tendencias fueron y son el desprendimiento del bipartidismo; son extrapolaciones del bipartidismo. Se pueden ver como transitorias o embriones de nuevos partidos.
Otra cosa es el pluripartidismo que se estampó en la Constitución de 1991, y hemos visto cómo en estos 35 años. Otra cosa es el multipartidismo exagerado o polipartidismo, como lo observamos en el caso de Perú 2026.
El 12 de abril se inscribieron 35 candidatos para la Presidencia de la República. Aparecen partidos políticos pequeños de ocasión que no tienen perspectiva; son partidos marginales, son inútiles, partidos bisagra.
La polarización y el pluripartidismo, estos partidos que no se hallan en uno u otro extremo, quedan deambulando, gravitando, en cese; se aglutinan de pegas en la derecha extrema o comienzan a circular alrededor de la izquierda para lograr algo marginal que no los deje cesantes.
Esos partidos quedan excluidos; sus líderes buscan desde afuera adherirse al sector ganador, recibir beneficios contractuales y tener un pequeño poder.
O, si son de las regiones o de su localidad, la matriz. Los vínculos los hacen con un gobernador conectado con el poder.
Giovanni Sartori, en su obra ¿Qué es la democracia?, nos dice cómo el pluralismo fue descubrir y entender que la disidencia, la diversidad de opiniones y el contraste no son enemigos de un orden político social.
La génesis de las democracias liberales está en el principio de que la diferenciación, y no la uniformidad, constituye la levadura y el más vital alimento para la convivencia.
El Centro Político que enarbola Fajardo desde el centroderecha u otros flancos; el de Claudia López, que se bambolea entre su supuesto progresismo, el centroizquierda y una marginalidad de los partidos políticos con estructuras, denotan ellos la suprema credibilidad en las instituciones y en la creencia de que la separación de poderes que tiene Colombia.
Allí se equivocan ellos, porque todo el sistema está alterado y funciona para élites que perviven detrás de las tres ramas del poder.
Los poderes regionales (departamentos) y la correa o polea con el centralismo y los vicios anquilosados del bipartidismo atomizado, supérstite e incrustado dentro de los partidos políticos decimonónicos.
William Ospina, en una reciente columna de El Espectador, dijo: “Por lo menos Sergio Fajardo no es un cruzado del odio, sabe más que los otros cómo administrar, tiene para mostrar avances notables de modernidad en la segunda ciudad del país, y está dispuesto a enfrentar los desafíos sin cobrar agravios del pasado. Y si hasta ahora lo ha borrado el estruendo de los otros, su serenidad será cada vez más necesaria. Porque el que gane en esta polarización va a tener medio país en contra cuatro años más, y al final estaremos oyendo de nuevo a los mismos bandos rencorosos llamando otra vez a la venganza. Pero alguien tiene que pensar más en la grandeza del país que en los miserables odios de aldea; más en lo que hay que construir que en todo lo que dejaron las guerras y los años, los partidos y sus rabiosos discursos”.
La primera afirma que el sistema francés está organizado de acuerdo con un sistema dualista; la otra considera que dicho sistema se caracteriza por una multiplicidad confusa.
Para Duverger, no obstante la aparente relevancia de la discriminación derecha-izquierda, la lucha política no se desarrolla con base en esta contraposición sino más bien bajo la enorme mayoría de los regímenes: Directorio, Primer Imperio, Monarquía de Julio, Segundo Imperio, Tercera, Cuarta y Quinta República. (Mastropaolo, 1987).
Si se dice centrista y no se asume de centroizquierda o centroderecha, nos quiere engañar, está confundido o le falta valor civil y político (y por eso nos quiere engañar).
Los políticos poco comprometidos con las ideas dicen cualquier cosa que crean conveniente respecto de su posición ideológica, asumiendo que todos son conscientes de ella. Pero no estamos obligados a seguirles el juego.
Por estos días muchos creen que es mejor hablar del “centro” a secas. Se imaginan, con cierta razón, que si se declaran de centroderecha o de centroizquierda, el electorado creerá que, de ser elegidos, gobernarán con ideas de izquierda o de derecha.
Es decir, no se reconoce que haya ideas propias del “centro”, sino que se acepta (implícitamente) que sus ideas dependen de las de izquierda o derecha. Para ser “punto intermedio” necesita de los extremos, por definición. (Mera, 2020).
La oposición y los partidos políticos. En toda democracia funcional existe una oposición para ejercer el control político; regularmente está conformada por los partidos políticos derrotados en las elecciones (uno solo o una coalición perdedora), y la ejercen desde el Congreso o los cuerpos colegiados regionales y locales.
El problema en Colombia es el chantaje de los que no hacen oposición disciplinada.
En los países de alta cultura política no existe ese chantaje al menudeo. Existe también la oposición extraparlamentaria por la vía armada (guerrillas o grupos terroristas).
La oposición en Colombia desde el siglo XIX y mencionar otras épocas. El poujadismo, en un país europeo (el nombre deviene de su líder Pierre Poujade), se conoce en la historia como el movimiento de pequeños comerciantes y artesanos políticos sindicalistas entre 1953 y 1958, que rechazaron la modernización del Estado en su época, también por gravámenes fiscales; todo lo hacían con un tono populista.
Para Norberto Bobbio, el centro político es un espacio intermedio en la división binaria izquierda-derecha (visión triádica).
Lo define como moderado y razonable, ideal para defender la democracia. Bobbio distingue dos tipos: uno incluyente, que busca diálogo y equilibrio, y otro excluyente, que evita tomar posturas firmes y tiende a mantener el statu quo. (Norberto Bobbio, 1995).
Los partidos políticos deben nacer con una doctrina o afectos a ella, tener fundamentos y el firme propósito de crecimiento.
Pero los instruyen para una coyuntura política, les buscan nicho en algún campo o espacio político y los desechan; deberían tener o disponer de ideología.
O tener afines, adherentes y activistas del mismo sector que representen, pero no ser partidos vacuos. A los partidos políticos del bloque en el poder (o a unos nuevos o de ellos), en particular uno, enfrentan en las crisis de legitimidad que cometen graves errores o actos de corrupción de un gobierno descubierto por los opositores.
La oposición debe ser racional por los ilícitos de un gobierno. Una oposición vacua o de mero cacareo, o pura bulla, agota a los ciudadanos y desprestigia a los miembros de la oposición que nada pueden demostrar por los bulos, mentiras o fake news. La oposición la pueden ejercer varios partidos conjuntamente o cada uno por su vía de acción.
Existe una denominación más amplia que es homologable: partidos antisistema. Un partido político en solitario ejerce o actúa en oposición también desde adentro.
Infiltra a funcionarios en cargos públicos para trancar, ralentizar o entorpecer procedimientos. O logran dejarlos tácticamente porque vienen de administraciones anteriores.
O se alían con banqueros, cortes y otros, para entorpecer y decidir en contra del gobierno que quieren desmoronar.
Aparecen partidos políticos pequeños de ocasión que no tienen perspectiva; son partidos marginales, son inútiles, partidos bisagra.
Los partidos políticos deben nacer con una doctrina o afectos a ella, tener fundamento y el firme propósito de crecimiento.
Pero los instruyen para una coyuntura política, les buscan nicho en algún campo o espacio político y los desechan. Los gobiernos de la posguerra hasta el comienzo de la década de los sesenta, en que se formó el centroizquierda.
El centro político fue ideado por De Gasperi para excluir del gobierno a la extrema izquierda, a los comunistas.
Desde el año 2016, con los debates que hubo alrededor del plebiscito por la paz y su resultado, al ganar la mayoría que rechazó la paz (o evitando Uribe estar al margen del gobierno, o por su distancia con Juan Manuel Santos desde el 2010), se produjo la reacción jurídica del gobierno perdedor y acudió al Congreso como constituyente secundario, que refrendó la paz.
La polarización creciente no ha cesado desde ese momento (2016-2026), y las elecciones de los dos cuatrienios siguientes y sus campañas políticas producidas desde ese momento —Iván Duque 2018, Gustavo Petro 2022— se han registrado con esta polarización permanente; por ello el centro político ha sido absorbido y casi disuelto en la práctica.
En los países de alta cultura política no existe ese chantaje al menudeo. Existe también la oposición extraparlamentaria por la vía armada (guerrillas o grupos terroristas). La oposición en Colombia desde el siglo XIX, sin mencionar otras épocas.
El sistema es multipolar en el sentido de que su mecánica competitiva depende de un centro que debe enfrentarse tanto con la izquierda como con la derecha; mientras que la mecánica del pluralismo moderado es bipolar precisamente porque el sistema no se basa en el centro.
La mecánica del pluralismo polarizado es multipolar y, por eso, no se puede explicar mediante un modelo dualista.
El centroizquierda, el socialismo liberal, la socialdemocracia, los movimientos y doctrinas liberales son a la vez igualitarios; en esa constelación caben tendencias como fracciones y formaciones del centro político.
El centroderecha, los partidos conservadores, son fieles al método democrático; pero solo se detienen en la igualdad ante la ley, que implica únicamente el deber por parte del juez de aplicar las leyes de una manera imparcial.
En América Latina podemos ver hoy un cuadro de presidentes gobernando desde la derecha, conectados por lo más raso del neoliberalismo, permitiendo que el mercado seleccionado desde el gran empresariado incida sobre las políticas públicas, como la prestación de los servicios públicos conducidos sobre sectores vitales de la economía, privatizando los derechos sociales como mercancías (educación, peajes, aguas, vivienda, etc.); también intensifican el racismo, la xenofobia y la marginalidad sobre grupos indígenas, negritudes y el campesinado.
Este tipo de mandatarios sentados en los despachos presidenciales podemos encontrarlos en varios listados: Ecuador, Daniel Noboa; en el caso de Venezuela (capturado en una operación relámpago ordenada por la Casa Blanca), dos casos de intromisión trumpista: el primero incidiendo en la conducción de Ecuador y el segundo, intervencionista para manejar el país so pretexto de hacer retornar la democracia, pero en el fondo es la toma y disposición del petróleo para repotencializar a Estados Unidos en el ámbito internacional.
Sobre ese cuadro, el señor Daniel Noboa llegó al poder como sucesor de Guillermo Lasso al Palacio de Carondelet, hijo de un político muy conocido, miembro de una familia de servidores públicos.
Asumió el cargo en su segundo mandato, en mayo de 2025; pero una vez pasaron los tres primeros meses de la segunda administración de Donald Trump se transformó en trumpista clase A, una vez se inició la doctrina Trump, un nuevo colonialismo para influir, extractar, injerir e intervenir, patentizada hace menos de dos meses con el escudo de las Américas. Estos Estados claquetean a Trump.
En los últimos cinco meses, Noboa se ha empecinado en entorpecer al gobierno colombiano con guerras de aranceles, reclamando transferencias hidroeléctricas, también sobre la inseguridad en la frontera por actores armados en las dos fronteras que, desde Colombia, fomentan el terrorismo contra Ecuador; la ultraderecha colombiana ha estado aumentando la leña en la hoguera.
Fraguan de esta manera el desprestigio del gobierno colombiano; buscan afectar al candidato Iván Cepeda en la sucesión del proyecto del Pacto Histórico.
Otros presidentes bajo la sombrilla del trumpismo en América Latina son Costa Rica (Laura Fernández). Solo voy a relacionar países continentales desde México a Argentina: en Paraguay (Santiago Peña), del Partido Colorado; en Argentina (Javier Milei), del partido La Libertad Avanza; en Bolivia (Rodrigo Paz Pereira), del Partido Demócrata Cristiano DDC; en Chile (José Antonio Kast), del Partido Republicano.
Bibliografía y webgrafía
Bobbio, Norberto. Derecha e izquierda, libro publicado por la editorial Taurus. Octava edición, título original Destra y sinistra, segunda edición, 1995.
Daniel Mera Villamizar. “Lo que no existe es el centro político puro”. Columna publicada en El Espectador, diciembre 6 del año 2020.
Mastropaolo, Alfio. Diccionario de Política, dirigido entre Norberto Bobbio y Nicola Matteucci. Siglo XXI Editores, colección Sociología y Política, 1987.
Sartori, Giovanni. Qué es la democracia, libro publicado por Alianza Ediciones, primera edición en Colombia, 1994.
