Cali, febrero 9 de 2026. Actualizado: lunes, febrero 9, 2026 16:05
La ecuación del delito
El crimen no ocurre por casualidad. Esta no es una frase retórica, es una premisa verificable de la criminología moderna.
Desde 1979, la Teoría de las Actividades Cotidianas, formulada por Lawrence Cohen y Marcus Felson, demostró que un delito ocurre cuando confluyen tres factores concretos, un delincuente motivado, un objetivo vulnerable y la ausencia de un guardián capaz.
Cuando uno de esos elementos no está presente, el delito no ocurre. Es una ecuación simple, pero poderosa.
Durante años, la política de seguridad ha insistido en intervenir solo una variable de esa ecuación, el delincuente.
Más capturas, más operativos, más despliegue visible. Sin embargo, los resultados suelen ser frágiles y temporales.
El delito no desaparece, se adapta, se desplaza o se reorganiza. La evidencia muestra que mientras las demás variables permanezcan intactas objetivos vulnerables y vacíos de control estatal la ecuación se recompone una y otra vez.
El primer factor, el delincuente motivado, es el más visible y el más intervenido. Pero la motivación criminal no surge en el vacío.
Se sostiene cuando existen oportunidades claras, bajo riesgo de control y altas probabilidades de rentabilidad.
Economías ilegales locales como el microtráfico, la extorsión o el control territorial no dependen de grandes estructuras, sino de condiciones estables que permiten delinquir con relativa impunidad.
Neutralizar actores sin alterar esas condiciones produce efectos momentáneos, no cambios estructurales.
El segundo factor, el objetivo vulnerable, suele ser el gran ausente en el debate público. Barrios sin iluminación, comercio informal sin regulación, infraestructura crítica sin protección y ciudadanos expuestos sin cultura de prevención y autoprotección.
Reducir la vulnerabilidad no significa trasladar la responsabilidad a la ciudadanía, significa entender que la prevención empieza antes que el delito se materialice.
Inteligencia territorial, tecnología, articulación comunitaria, prevención situacional también son políticas de seguridad.
El tercer factor, la ausencia de un guardián capaz no se limita a la presencia policial. En términos criminológicos, el guardián puede ser una institución, una tecnología, una red comunitaria o una capacidad de inteligencia.
Control efectivo es anticipación, continuidad y conocimiento profundo del territorio. Un Estado que llega solo después del delito no controla, reacciona. Y reaccionar, por definición, es llegar tarde.
Pensar la seguridad como una ecuación obliga a un cambio de enfoque. No se trata de maximizar una variable, sino de intervenir simultáneamente todas.
Identificar dónde se completa la ecuación del delito, en qué horarios, bajo qué dinámicas y con qué actores.
Actuar sobre el delincuente, reducir la vulnerabilidad del objetivo y cerrar los vacíos de control estatal de manera sostenida y coordinada.
Un próximo gobierno que asuma esta lógica deberá cambiar también su forma de medir el éxito. Menos énfasis en capturas y más atención en delitos evitados.
Menos espectáculo y más persistencia. Porque la seguridad real no es la que se anuncia, sino la que logra que la ecuación nunca se complete.
Cuando una de sus variables falla, el delito no ocurre. Esa es la verdadera política de prevención basada en evidencia.
