Cali, febrero 19 de 2026. Actualizado: jueves, febrero 19, 2026 19:34
La política sin ideas: el riesgo de una nación fragmentada
En Colombia y en buena parte del mundo estamos presenciando una transformación preocupante en la manera de hacer política.
El debate público, que debería girar alrededor de propuestas, visiones de Estado y soluciones concretas a los problemas ciudadanos, ha sido reemplazado por el ataque personal, la descalificación y el escándalo permanente.
Hoy parece importar más destruir la reputación del adversario que confrontar sus argumentos.
La política dejó de centrarse en el qué y el cómo para enfocarse en el quién. Ya no se discuten con profundidad los modelos económicos, las reformas sociales o las estrategias de seguridad.
En su lugar, vemos campañas basadas en señalar defectos personales, errores del pasado o rumores que poco aportan a la construcción de un mejor país.
Esta práctica no solo empobrece el debate democrático, sino que degrada la confianza de los ciudadanos en las instituciones.
Si existen denuncias contra candidatos o funcionarios, Colombia cuenta con canales institucionales claros: la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría.
Son estas entidades las llamadas a investigar y determinar responsabilidades. Convertir cada acusación en un espectáculo mediático, sin el debido proceso, solo alimenta la polarización y debilita el Estado de derecho.
La justicia no puede ser reemplazada por la opinión viral ni por el tribunal de las redes sociales.
Lo más grave es que hemos perdido la política con altura. Aquella en la que se debatía con firmeza pero con respeto; en la que las diferencias ideológicas eran oportunidades para enriquecer el diálogo nacional y no para destruir al contradictor.
Hoy pareciera que el objetivo no es convencer al electorado, sino dividirlo aún más.
Nos están partiendo como sociedad: los buenos contra los malos, derecha contra izquierda, pobres contra ricos, pro gringos contra anti gringos, extrema derecha contra izquierda radical, los que “quieren” contra los que “no quieren”.
Esta narrativa simplista desconoce la complejidad de un país diverso como el nuestro y reduce la conversación pública a etiquetas que solo profundizan resentimientos.
La historia demuestra que cuando una nación se fragmenta de manera sistemática, el riesgo de confrontación aumenta.
Entre más se alimenta la idea de que el otro es un enemigo y no un contradictor legítimo, más cerca estamos de escenarios de violencia o, como mínimo, de nuevos estallidos sociales.
El tránsito de la palabra al enfrentamiento es un camino peligroso que no debemos recorrer.
Colombia necesita recuperar la política de las ideas, del respeto y de las propuestas serias. Necesita líderes capaces de debatir sin odio, de disentir sin destruir y de construir consensos en medio de la diferencia.
La democracia no se fortalece eliminando al contrario, sino persuadiéndolo o, al menos, reconociendo su legitimidad.
Si no cambiamos el rumbo, no solo se deteriorará la calidad del debate público; también se pondrá en riesgo la estabilidad de nuestra nación.
Es hora de volver a discutir el país que queremos, y no simplemente a señalar a quien piensa distinto.
