Cali, septiembre 9 de 2026. Actualizado: miércoles, septiembre 9, 2026 21:22
Convirtió el desarraigo en una nueva ruta para su marca: Andrea Cabal
La vida que quedó detrás de una puerta con sello rojo
Julián Ávila y Andrea Cabal no saben todavía cuánto perdieron en el terremoto.
No pueden saberlo. Su apartamento, en el barrio La Flora, quedó con sello rojo de la Unidad de Gestión del Riesgo: Es inhabitable.
Allí siguen sus cosas, buena parte de su vida y también lo que no alcanzó a sacar de Andrea Cabal, joyas con sello personal, la marca que hasta ese 10 de agosto funcionaba desde su casa.
Todavía falta un estudio de vulnerabilidad y un análisis estructural que determine qué ocurrirá con el edificio. Si podrá repararse. Si algún día podrán volver. Si, por el contrario, tendrá que ser demolido.
Mientras llega esa respuesta, Julián y Andrea viven en una especie de paréntesis: su casa existe, puede verla, sabe lo que dejó adentro, pero no puede entrar a ella.
“Por ahora nuestras pérdidas no las hemos podido calcular porque no hemos podido sacar absolutamente nada de nuestra casa. Estamos por fuera”. El terremoto lo sorprendió dentro del apartamento.
Y en medio de la emergencia tuvo una reacción que hoy resulta determinante para la supervivencia de su empresa. Andrea Cabal es una marca ciento por ciento digital.
No necesitaba un gran local para funcionar porque prácticamente toda su operación estaba concentrada en la vivienda: materias primas, insumos y producto terminado. Todo estaba allí.
Cuando entendió que debía evacuar, Julián tomó una maleta y entonces comenzó a meter lo que pudo. No había tiempo para hacer inventarios ni decidir con calma qué era más valioso. Alistó parte del material y salió con aquella maleta durante la evacuación.
Lo que alcanzó a guardar se convirtió, días después, en el punto desde donde volverían a comenzar.
Porque salir del apartamento no significó únicamente perder temporalmente una casa.
También significó quedarse sin el lugar desde donde trabajaban, sin acceso a buena parte de los materiales y con nuevos gastos para resolver algo tan elemental como dónde vivir.

La incertidumbre tenía ahora una dirección concreta: una puerta a la que no podían regresar.
Pero para Julián la pérdida más difícil de medir tampoco estaba dentro del apartamento: “La mayor pérdida es psicológica”.
Después de un terremoto, dice, quedan el miedo y el temor. Y aparecen preguntas que no necesariamente encuentran respuesta: “¿Por qué pasó? ¿Por qué nos tocó?”.
La casa puede ser evaluada por ingenieros. Los daños pueden clasificarse. Eventualmente se podrá establecer cuánto cuesta reparar o reemplazar lo perdido pero con el miedo es diferente, porque ese permanece.
Por eso, cuando Julián habla de lo que ocurrió, evita reducirlo a un balance de joyas, muebles o materiales.
Lo que intenta ahora es convertir justamente esa afectación que no puede contabilizar en el impulso para continuar.
“Nuestra mayor pérdida estamos tratando de convertirla en una fortaleza para resurgir”.
Y para hacerlo tuvieron que tomar una decisión que probablemente antes del terremoto no estaba en sus planes inmediatos: irse de Cali.
El terremoto los llevó a Bogotá.
Allí están viviendo mientras esperan saber qué ocurrirá con el edificio de La Flora. Pero la mudanza forzada empezó poco a poco a adquirir otro significado.
Si Andrea Cabal había tenido que salir de su casa, tal vez también podía salir de los límites dentro de los cuales había crecido.
Bogotá comenzó entonces a verse no solamente como el lugar donde esperar, sino como un nuevo mercado por explorar.
“Esto nos obligó a trasladarnos a Bogotá. Estamos viviendo en Bogotá y, mientras todo se logra resolver, el plan es empezar a abrir nuevos mercados”.
Cali seguirá siendo parte de la marca. Julián y Andrea lo dejan claro.
Pero ahora están buscando otros destinos, nuevas alianzas, ferias y posibilidades que permitan mantener viva la empresa mientras su vida personal también intenta encontrar un nuevo lugar.
Algo más empezó a cambiar

Antes del terremoto, Andrea Cabal tenía una línea fuerte de piezas elaboradas en bronce con baño de oro.
La crisis los obligó a mirar lo que tenían disponible, acercarse de otra manera a los artesanos y experimentar.
Apareció la palma de iraca, llegaron los collares bordados en mostacilla, comenzaron a mezclar el bronce con semillas.
Sin haberlo planeado de esa manera, la necesidad los condujo hacia materiales y técnicas vinculados con saberes artesanales y ancestrales.
“Volviendo como a los ancestros, volviendo a los artesanos, hemos dado una nueva línea” y los clientes comenzaron a responder.
Y allí apareció una de esas paradojas que dejan las crisis: la marca empezó a encontrar una nueva identidad precisamente cuando sus dueños habían perdido temporalmente el lugar desde donde la construían.
Julián no romantiza lo ocurrido. Hay gastos adicionales. Hay materiales a los que todavía no puede acceder.
Hay una vivienda con sello rojo y un estudio pendiente que podría cambiar nuevamente sus planes. Hay miedo.
Pero cuando intenta interpretar lo que está viviendo, utiliza una palabra sencilla: “Empujón”.
“Yo creo que nos está dando un empujón. Esta sacudida fue precisamente tal vez eso”.
No significa agradecer el terremoto ni desconocer las pérdidas. Julián ha visto de cerca que otras familias enfrentan situaciones mucho más dolorosas. Esa comparación no borra su propia angustia, pero sí modificó la manera de mirarla.
“No puede uno encasillarse en eso. Tiene que aceptar ese sacudón y ver cómo se reinventa, cómo resurge, cómo realmente evoluciona el desarrollo de la empresa”.
Quizá por eso su historia no está solamente en aquello que dejó atrás en La Flora.
Está también en aquella maleta.
Una maleta preparada en minutos, mientras había que evacuar, que terminó conteniendo una pequeña parte de lo que había construido y suficiente para no detenerse por completo.
Hoy Julián está en otra ciudad. Su casa sigue cerrada. No sabe todavía si podrá regresar a ella ni cuál será finalmente el tamaño de las pérdidas.
Pero sí sabe qué consiguió sacar del terremoto que ninguna evaluación estructural tendrá que cuantificar.
Cuando se le pregunta qué fue lo mejor que quedó después de todo, no menciona la nueva colección, Bogotá ni los mercados que espera conquistar. Piensa en los suyos.
“Tener a mi familia, que estemos vivos, tenerlos juntos, poder abrazarnos”.
Después de una sacudida que lo obligó a abandonar su casa y trasladar su vida a otra ciudad, Julián ha comenzado a reconstruir desde aquello que sí pudo llevarse.
Parte de su empresa cabía en una maleta. Lo verdaderamente indispensable salió caminando a su lado.
Conoce a Andrea Cabal en @andreacabaljoyas

