Cali, agosto 5 de 2026. Actualizado: miércoles, agosto 5, 2026 20:03
Cuando el alma cruza el Rubicón
Los romanos sabían que existían ríos que no podían cruzarse sin consecuencias irreversibles. Aunque pareciera una historia lejana, esa realidad sigue presente en nuestras vidas.
En la antigua Roma existía un pequeño río al norte de Italia llamado Rubicón. La ley prohibía que un general lo cruzara acompañado de su ejército.
Hacerlo significaba desafiar la autoridad de Roma y declarar una guerra de la que ya no habría marcha atrás. Julio César tomó esa decisión y desencadenó una guerra civil que cambió la historia.
Desde entonces, cruzar el Rubicón se convirtió en la expresión que describe el momento en que alguien toma una decisión definitiva, de esas que transforman la vida y de las que ya no es posible regresar.
Los hechos conocidos en los últimos días en Cali, particularmente la muerte de una joven embarazada, nos invitan a preguntarnos qué límites estamos cruzando como sociedad.
Más allá de las circunstancias particulares de ese caso, el dolor que produjo nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿estamos permitiendo que la indiferencia, la deshumanización y la pérdida del valor de la vida se conviertan en parte del paisaje cotidiano?
Sin embargo, antes de hablar de la sociedad, quizá deberíamos hablar de nosotros mismos. Las sociedades no toman decisiones; las personas sí.
Los grandes cambios colectivos suelen comenzar con pequeñas decisiones individuales que, repetidas una y otra vez, terminan marcando el rumbo de toda una comunidad.
Todos tenemos Rubicones en nuestra vida.
Hay ríos que vale la pena cruzar: el del perdón cuando el orgullo nos mantiene prisioneros; el de la reconciliación cuando una relación parece rota para siempre; el del miedo cuando una nueva oportunidad aparece frente a nosotros; el del servicio cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros mismos.
Pero también existen límites que nunca deberíamos cruzar.
El Rubicón de la indiferencia.
El de la mentira.
El de la corrupción.
El del desprecio por la dignidad del otro.
El de acostumbrarnos al sufrimiento ajeno hasta dejar de conmovernos.
Lo más preocupante es que esos límites casi nunca se cruzan de un solo salto. Se cruzan de a poco.
Con pequeñas concesiones, con silencios que justificamos, con palabras que hieren, con decisiones aparentemente insignificantes.
Un día descubrimos que estamos en un lugar al que jamás pensamos llegar y nos preguntamos en qué momento ocurrió. La respuesta suele ser la misma: ocurrió paso a paso.
¿Cuál es el Rubicón de no retorno en nuestra vida?
Aunque esta pregunta parezca sacada de un libro de historia, en realidad es una de las preguntas más cotidianas que podemos hacernos.
Usted y yo tomamos decisiones todos los días. Muchas parecen pequeñas, incapaces de cambiar la historia de manera inmediata.
Sin embargo, poco a poco van moldeando nuestro carácter, nuestras relaciones y el tipo de persona en que nos convertimos.
¿Cuál es el Rubicón que no deberíamos cruzar?
No es una respuesta que yo pueda escribir aquí. Cada uno conoce sus propias batallas, sus propias tentaciones y los límites que necesita proteger.
Tal vez la invitación de hoy sea simplemente detenernos en la orilla antes de dar un paso que pueda convertirse en un punto de no retorno.
La buena noticia es que no estamos obligados a cruzar todos los Rubicones que aparecen en nuestro camino.
Hay algunos que debemos rechazar conscientemente porque deshumanizan, destruyen y nos alejan de aquello que estamos llamados a ser.
En cambio, hay otros que vale la pena atravesar: aquellos que nos hacen crecer, que ensanchan el corazón, que nos acercan a Dios y que nos permiten dignificar la existencia de quienes caminan a nuestro lado.
Quizá la pregunta con la que valga la pena terminar esta semana sea muy sencilla: ¿qué Rubicón debo atreverme a cruzar y cuál debo decidir no cruzar jamás?
