Cali, agosto 5 de 2026. Actualizado: miércoles, agosto 5, 2026 20:03
Abelardo: Un presidente diferente
La posesión de Abelardo De la Espriella como presidente de Colombia en Cali no es solamente un hecho histórico por romper una tradición de más de dos siglos que concentró este acto exclusivamente en Bogotá.
En realidad, es la primera gran señal de un gobierno que –todo indica– será tan disruptivo como lo fue la campaña que lo llevó al poder.
De la Espriella no llegó a la Presidencia haciendo una campaña convencional. Por el contrario, rompió prácticamente todos los formatos con las que tradicionalmente se competía por la Casa de Nariño.
Lo hizo como el primer outsider que gana la Presidencia de Colombia: sin haber ocupado antes un cargo público, sin haber participado en una elección popular y enfrentando a la izquierda, pero también a buena parte de la clase política tradicional.
Junto con su equipo de estrategia, el nuevo presidente supo leer un momento muy particular del país: Colombia ya venía profundamente decepcionada de los partidos tradicionales y, después de cuatro años de gobierno de Gustavo Petro, terminó igualmente desencantada de la izquierda, que al llegar por primera vez al poder terminó cayendo en los mismos vicios que durante años criticó.
En ese contexto, los colombianos terminaron apostándole a un candidato completamente distinto.
Por eso, la posesión en Cali no parece ser un hecho aislado ni una simple decisión protocolaria.
Es, probablemente, la primera expresión de una forma diferente de ejercer la Presidencia.
La decisión de posesionarse en la capital del Valle del Cauca reivindica a las regiones, rompe el tradicional centralismo bogotano y anuncia una Presidencia con sedes alternas en ciudades como Cali, Medellín y Barranquilla.
El mensaje es claro: el poder nacional ya no girará exclusivamente alrededor de Bogotá.
Pero la verdadera expectativa va mucho más allá del lugar donde se realiza la ceremonia de posesión…
Así como De la Espriella rompió el molde como candidato, todo indica que pretende romperlo también como gobernante.
Esas nuevas maneras podrían llevarlo a impulsar reformas profundas y apuestas arriesgadas, especialmente en temas como seguridad, orden público, lucha contra el crimen organizado, recuperación de la confianza inversionista y fortalecimiento institucional, que fueron el eje central de su campaña.
Sin embargo, gobernar será muy diferente a hacer campaña.
Por primera vez Colombia verá gobernar a un outsider identificado con la corriente libertaria, una tendencia que ha ganado fuerza en varios países, pero que nunca había llegado al poder en Colombia.
Y lo hará con un Congreso conformado mayoritariamente por dirigentes provenientes de la política tradicional y con una oposición petrista que seguirá teniendo una presencia importante en el Legislativo y en las calles.
En ese contexto, se abre un interrogante sobre cómo será la relación entre el Ejecutivo y unas colectividades acostumbradas históricamente a participar del poder…
Hasta ahora De la Espriella ha dado señales de independencia frente a los partidos políticos.
Aunque convocó a figuras con trayectoria política para integrar su gobierno, no les ha entregado cuotas burocráticas a las colectividades tradicionales. ¿Le funcionará el Congreso bajo ese esquema?
Lo único claro es que el nuevo gobierno recibe un país con enormes dificultades en materia de seguridad, salud e infraestructura, lo que genera una presión enorme por mostrar resultados tempranos.
No serán problemas que puedan resolverse en días, semanas o incluso meses, pero sí habrá una enorme expectativa por ver señales claras de cambio.
Además, el país sigue profundamente dividido. Aunque el triunfo de De la Espriella fue claro, legítimo y se produjo en unas elecciones auditadas y certificadas, una parte importante de los colombianos no votó por él.
Como el propio presidente electo lo dijo la noche de su victoria, la única manera de convencer a quienes no lo acompañaron en las urnas será mediante los resultados.
Ojalá así sea. Porque cuando a un presidente le va bien, al país también le va bien. Apostarle al fracaso de un gobierno por simple cálculo político es una mezquindad que Colombia no puede seguir dándose el lujo de alimentar.

