La solidaridad que dejó el terremoto

Cali, agosto 27 de 2026. Actualizado: jueves, agosto 27, 2026 20:48

Tomás Lombana Bedoya

La solidaridad que dejó el terremoto

Tomás Lombana Bedoya

Después de un terremoto quedan grietas, daños materiales, pérdidas y preguntas. Pero también quedan aprendizajes.

En las respuestas de los 48 estudiantes de la Universidad Icesi a quienes les pregunté, once días después del terremoto, qué habían sentido, qué había cambiado en ellos y cómo habían reaccionado frente a los demás, apareció algo que me llamó especialmente la atención: después del miedo surgió con mucha fuerza la solidaridad.

No fue una solidaridad abstracta, fue concreta.

Apareció en donaciones, alimentos, centros de acopio, ayuda para mover escombros, acompañamiento a familiares y amigos, llamadas, mensajes, escucha y presencia.

Juan Felipe Bermúdez escribió:

“He movido escombros de casas de mis vecinos”.

Pero agregó algo que, en apariencia, puede parecer más pequeño:

“En mi barrio le hacemos compañía hasta tarde al portero”.

Esa segunda frase dice mucho.

Cuando pensamos en solidaridad durante una emergencia solemos imaginar grandes ayudas, brigadas, donaciones o voluntariados. Pero acompañar a alguien que tiene miedo también es una forma de ayudar.

Estar, escuchar, preguntar cómo está, no dejar solo al otro.

En varios testimonios apareció precisamente esa dimensión menos visible de la ayuda.

Juliana García contó que compró insumos para centros de acopio, ayudó a organizar ayudas y, posteriormente, se dedicó también a escuchar a personas cercanas que habían sido afectadas.

Salomé Lara Mercado relató que participó en actividades de voluntariado y donaciones. Además, ante la situación de animales que necesitaban un hogar, decidió adoptar una gata.

Son respuestas distintas, pero tienen un elemento común: después de una experiencia en la que cada persona sintió su propia vulnerabilidad, muchos comenzaron a mirar con mayor atención la vulnerabilidad del otro.

Tal vez ese sea uno de los efectos menos estudiados de las emergencias.

Durante algunos segundos pensamos en nuestra supervivencia.

Después comenzamos a preguntarnos por los demás.

Y allí aparece la comunidad.

Otra idea se repite en las respuestas de los estudiantes: lo material perdió importancia frente a la vida, la familia y los afectos.

Daniel Castillo escribió:

“Lo que importa en la vida verdaderamente es la familia y los amigos, lo material termina en un segundo plano”.

Youichi David Tanaka Escobar llegó a una conclusión similar:

“No hay cantidad de dinero que compre el tiempo en familia”.

Juliana García lo resumió todavía más:

“Nada es más importante que la vida”.

Y Nicolás Muriel escribió una frase difícil de olvidar:

“La vida es prestada y no sabemos en qué momento nos toque partir”.

Son reflexiones que probablemente muchas personas han tenido después de vivir una situación extrema.

La rutina tiene una manera particular de hacernos olvidar lo esencial.

Nos preocupamos por el trabajo, los resultados, las cuentas, los compromisos, los objetos que queremos comprar y los problemas cotidianos.

Pero cuando sentimos que aquello que considerábamos seguro puede desaparecer en cuestión de segundos, nuestra escala de prioridades cambia.

Lo interesante es que ese cambio no aparece solamente en el discurso.

En las respuestas también se traduce en acciones.

Buscar a la familia, llamar a un amigo, donar. Acompañar. ayudar a un vecino, abrir la casa a alguien, escuchar.

Quizás por eso uno de los conceptos que más aparece al preguntarles qué creen que le dejó el terremoto a Cali es la solidaridad.

Sofía Cardozo Cháux escribió:

“Le dejó solidaridad y unión, algo que creíamos caducado por toda la polarización política que encontrábamos en cada esquina. Nos hizo pensar en el otro sin importar qué”.

La reflexión es especialmente pertinente.

Vivimos en una época marcada por discusiones permanentes.

La política divide.

Las redes sociales amplifican las diferencias.

Las conversaciones se convierten con facilidad en enfrentamientos.

Nos acostumbramos a clasificar al otro por lo que piensa, por lo que vota o por la posición que adopta frente a algún tema.

Pero una emergencia cambia momentáneamente esas categorías.

Cuando alguien necesita ayuda para salir de una vivienda, cargar una caja o encontrar a un familiar, pocas veces preguntamos primero cómo piensa.

Ayudamos.

Juan Felipe Bermúdez también lo expresó de forma sencilla:

“Pese a todo, los caleños somos grandes personas y estamos más unidos que nunca”.

Tal vez allí se encuentra la pregunta más importante que dejaron las respuestas de estos jóvenes.

No es si Cali fue solidaria durante el terremoto.

Las respuestas muestran que sí.

La pregunta es cuánto tiempo podemos conservar esa solidaridad.

Porque probablemente el verdadero reto no está en ayudarnos cuando todos sentimos miedo al mismo tiempo.

El reto está en mantener esa capacidad de mirar al otro cuando la emergencia desaparece de los titulares.

· Cuando el tráfico vuelve.

· Cuando regresan las clases.

· Cuando abren nuevamente los negocios.

· Cuando dejamos de hablar del terremoto.

· Cuando nuestras diferencias vuelven a ocupar la conversación pública.

Una ciudad no debería necesitar una tragedia para recordar que está formada por personas que dependen unas de otras.

Quizás el mayor aprendizaje del terremoto no esté solamente en revisar estructuras, actualizar protocolos o preparar una mochila de emergencia, aunque todo eso sea necesario.

También está en conservar algo de lo que apareció espontáneamente durante aquellos días.

· La disposición a preguntar si el otro está bien.

· La capacidad de acompañar.

· La decisión de ayudar sin preguntar demasiado.

Y la certeza de que, cuando todo parece tambalearse, ninguna posesión resulta tan importante como las personas que tenemos al lado.

El terremoto nos recordó nuestra fragilidad.

Pero las respuestas de estos estudiantes también muestran otra cosa.

Cuando sentimos esa fragilidad, podemos volvernos más humanos.

La pregunta ahora es si Cali será capaz de conservar esa lección cuando deje de tener miedo.

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